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Afuera de los libros

Afuera de los libros

El dinero, como el aire que respiramos, nació para circular, y, digámoslo desde ya, porque estamos entre amantes de los libros, nació para ser como los libros, que no son del que los lee sino del que los ve leer y, sobre todo, del que quiere leerlos. Esto lo cuento porque pasó que, justo cuando estaba a punto de atravesar uno de los torniquetes de validación del transcurso en transporte público hacia un lugar sin nombre, le di el paso a una señora que se veía afanada, por lo menos más que yo, que casi nunca llevo afán. Acto seguido, ella notó que su tarjeta personal no tenía saldo suficiente y miró hacia atrás para pedir un pasaje prestado de alguien con más liquidez.

Como era de esperarse, como cualquier día en hora pico, no recibió más respuesta que las malas caras hasta que mi mano, antes de que yo lo pensara, ya se había lanzado a validar su ingreso al sistema con mi tarjeta, que no era otra cosa que el pronto ingreso de quienes esperábamos. Ya adentro, la señora pagó su deuda conmigo con algunas monedas y me contó parte de sus problemas y soluciones para el sistema de transporte, me habló también de su familia y de sus amistades, me habló de todo lo que pudo y, casi, de lo que no podía. No sé si quería hablar conmigo o quería nada más que yo, o cualquiera, la oyera hablar consigo misma. Así continuamos durante quince minutos hasta el intercambio de ruta.

Ella no se detuvo y continuó su camino, a lo mejor hablando como si yo estuviera todavía allí o, pensándolo bien, como si yo no estuviera allí. Luego de que hiciera una fila de diez minutos, y entrar al nuevo vehículo, en el que atravesaría la ciudad, ingresó conmigo una vendedora de implementos escolares. Por su forma de hablar me llamó la atención, para luego hacerme creer que necesitaba lo que estaba vendiendo y, casualmente, pagarle con las mismas monedas que la señora que hablaba sola me había dado.

Hasta entonces, en cuanto al dinero, todo parecía ir normalmente, pero luego de que la vendedora terminara de recoger sus productos y su nuevo capital, y con el argumento de que todo es de todos, entregó todo lo que acababa de recibir a una señora con un bebe colgado de su pecho que dijo tener la necesidad de alimentarlo. A lo mejor ella, la señora del bebé adherido al pecho bajó, entregó luego esas monedas a alguien que, minutos después, haría lo mismo, hasta que, convertidas en palabras, llegaran a este punto final convertidas en la palabra monedas.

Ah, olvidaba decir que, mientras la señora que nos vendía los borradores con forma de emoticón y el lápiz con minas de colores intercambiables, junto a mí viajaba una lectora de unos quince años. Leía un libro de hace varios siglos en su lector electrónico, y cada tanto sonreía, a lo mejor para hacer circular el aire que, cada tanto, se estanca junto a los que no saben lo que sucede junto a ellos. Y cada vez que sonreía, sin que yo pudiera explicarlo, yo sonreía y hacia sonreír a los más cercanos. A lo mejor porque comprobaba que, adentro de los libros es afuera de los libros. El libro se titulaba Adentro de los libros.

 

Sergio Marentes21 Posts

Editor y director editorial del Grupo Rostros Latinoamérica. Es poeta y narrador. Lector irredento.

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