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Alucinando, por Mónica Montañés

Feria del Libro de Madrid

Tengo varios días alucinando. Intento disimular para que no se me note tanto que llevo un signo de exclamación permanente en la frente. Para no hacer más papelones de los que hago normalmente, como ser la única que no lleva paraguas y que se emparama porque todos los demás sí sabían que iba a llover, no solo ese día, sino a esa hora. Que el sol radiante era solo uno de los muchos espejismos en los que caigo y de los que surjo emparamada. Yo me río en silencio y alucino porque ocurre que, por un lado, muchos de los escritores que me acompañan en las noches han salido de mi mesita de noche y se han materializado en la Feria del Libro de Madrid, dispuestos a firmarle a uno sus libros, de lo más sonreídos ellos, como si topárselos fuera algo normal. Por otro lado, y al mismo tiempo, España ha cambiado de presidente de gobierno de un día para otro y todo ha seguido funcionando igual de bien, o de mal, a como funcionaba el día anterior. No se ha paralizado ninguna institución ni nada, no hay manifestaciones en la calle a favor o en contra, no ha muerto nadie por eso. Como si no fuera la primera vez que se cambia de presidente así, de esta manera, como si se tratase de algo normal. De hecho, en el mercado, los que a mi lado compran pollo, queso o cerezas, no hablan de eso ni de la feria del libro. El tema es otro: la renuncia de Zidane al Real Madrid, como si les doliera o les preocupase más el destino del equipo y los cambios que éste pueda sufrir, que el del país que, por lo visto, no esperan que cambie demasiado. Yo alucino, quisiera decírselos, pero me aguanto y hago mis compras en silencio para no desentonar más de lo que suelo desentonar por mi acento y mis maneras de saludar y de preguntar. En realidad, no es mi acento lo que desentona, en Madrid conviven sin aspavientos todos los acentos. Es el tiempo de verbo que utilizo al hablar, simple y no compuesto, lo que resalta tanto como el paraguas que no sé que debo llevar.

Me monto en el Metro para ir a la feria y, al vagón en el que viajo, entra un joven rumano a tocarnos jazz con su saxofón en la esperanza de que le demos monedas. Le comento entusiasta y solidaria que este año la Feria del Libro está especialmente dedicada a Rumanía y que están presentes escritores maravillosos de su país. Me mira perplejo, él esperaba de mí un euro no un dato. Quizá su perplejidad se debe más bien a que no entiende mi manera de hablar el castellano, a que le pregunté “¿Viste que…?” Y no “¿Has visto que…?”. O quizá no era en realidad rumano y la que no lo entendí fui yo.

Llego al Retiro. El parque encima está precioso por lo mucho que ha llovido y aún llueve en esta ciudad en la que se supone que no llueve mucho. Corro el riesgo de perderme entre tanto verde, tantas flores, tanto sendero tentador, así que me fijo en el rumbo que toman los que, según yo, tienen pinta de ser lectores y los sigo. Caminan rápido, aquí todo el mundo camina más rápido que yo, hasta los que llevan bastón. Apuro el paso y, de unos pocos, se van convirtiendo en un río de gente que desemboca en el mar de stands de editoriales y librerías presentes. Son más de trescientos y en muchos de ellos están los escritores, los que uno ama y los que nunca has leído, con los que igual quisieras conversar, firmando sus libros. Yo alucino, quisiera dar brincos, o gritos, comentarle a cualquiera lo maravilloso que es para mí tener la suerte de poder estar ahí, pero me contengo y dejo que el río de lectores me vaya llevando lenta y serenamente a donde quiera. Así me voy topando con Almudena Grandes -a quien le comento que sus libros El corazón helado e Inés y la alegría me ayudaron a entender la historia íntima de mi propia familia y con quien no me atrevo a tomarme un selfie porque aún me estoy conteniendo, solo le compro Los pacientes del Doctor García, que ella, cariñosa, me firma-; con María Dueñas, elegante y paciente firmando su nuevo libro, Las hijas del capitán, que por supuesto me compro todavía forzando seriedad y manteniendo el teléfono en el bolsillo del pantalón. Miento madres porque Pérez-Reverte no va ese día, al menos no a esa hora y yo no sé si la suerte me permita regresar, pero sigo dejando que el río me lleve como un tronco feliz y topándome otros escritores, de los que me he leído todo lo que han escrito y de los que no he leído nada salvo entrevistas en internet. Ahí están Javier Marías, inmenso, inabarcable, genial; Lorenzo Silva, cercano y cálido, quien me firma Lejos del corazón, su más reciente caso de Bevilacqua y Chamorro, mientras me pregunta por Venezuela desde la preocupación y el dolor genuinos; Rosa Montero, encantadora y divertida, una tipaza con la que me fascinaría beberme unas cañas, pero me limito a comprarle su nueva versión revisada y ampliada de Nosotras, que ella me firma risueña dibujando estrellitas junto a su dedicatoria; Leonardo Padura, tan genial como simpático, a quien no le digo que si algún día se le ocurre que Mario Conde deje a Tamara yo la sustituiría encantada, pero él lo intuye y me dedica La transparencia del tiempo mandándome un beso de parte de su detective; Antonio Orejudo, quien me sorprende siendo, además de brillante, guapísimo y me dedica su libro Grandes éxitos con un sentido del humor digno de brindarle un ron que no me atrevo a brindarle; María Oruña, interesante y amorosa, dispuesta a conversar como si fuéramos amigas de toda la vida mientras me dedica Donde fuimos invencibles, Marcos Chicot, entrañable y sencillo a pesar de ser finalista del premio Planeta con su libro El asesinato de Sócrates; Boris Izaguirre, el gran Boris, traspasando todas las fronteras, creando maravillas en medio de todas las tormentas; Juan Carlos Méndez Guédez -el orgullo no me cabe en el pecho de saber a este escritor venezolano aquí, entre los más grandes-. Todos ellos con sus largas, larguísimas colas de lectores esperando turno para comentarles algo, comprarles el libro, lograr la ansiada dedicatoria rubricada. Yo hago todas las colas que puedo, quisiera tener el don de la ubicuidad para hacerlas todas, sobre todo quisiera tener mucho más dinero para poderme comprarme todos los libros. Pero no me quejo, cómo me voy a quejar si estoy alucinando y ya no me importa si se me notan los signos de exclamación en la frente, ni si hago papelones, dejo de contenerme y saco el teléfono y me tomo selfies cual fan enamorada de todos ellos.

Desando mis pasos cargada de libros, muchos menos de los que hubiera querido, agradeciendo ser la única desatinada que no sabía que iba a llover porque no hubiera tenido manos para el paraguas. No me importa desentonar siendo ya yo entera un signo de exclamación que se ríe sola en esta ciudad donde lo que es extraordinario para mí los demás lo asumen como algo normal. Yo alucino y se los digo, en el tiempo de verbo que sea necesario, a ver si me entienden.

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