Cuento «Los comensales», de Jaime Huertas

Cuento Los comensales, de Jaime Huertas

Argimiro Ferrer gozaría de una vida próspera, si hubiera abandonado el juego o, por lo menos, desistido de apostar de esa manera delirante que acabó con su apartamento, su matrimonio y con la venta de muebles heredada, la cual perdió aquella noche interminable en la que supuso contar con las cartas ganadoras. Llevaba tres años sin acercarse a una casa de apuestas. Cuando divisaba alguna, cruzaba la calle, continuaba su camino por la acera del frente y durante varias cuadras soportaba una tormenta de reproches que sacudía su malograda consciencia.

Atravesaba los meses más difíciles para un profesor de guitarra a domicilio. Durante las vacaciones escolares, las calles permanecían libres y los pocos niños que jugaban en los parques no deseaban saber cosa alguna que guardara relación con la palabra «clases». Una vez que abrían los colegios, debía esperar con paciencia de concreto a que las familias retomaran sus quehaceres y rogar que ninguno de sus alumnos perdiera el interés por la guitarra.  

Faltaban cinco días para que comenzaran las actividades académicas.

Salió temprano de la vieja pensión en la que llevaba viviendo tres años. Por el camino recordó con nostalgia a su padre. Gracias a su insistencia estudió música. También lo indujo a decidirse por la guitarra, instrumento que su progenitor jamás sostuvo entre sus manos. Su padre fue un amante de la música, mas no de la interpretación. Siempre le asaltaba la duda de si su padre lo hizo para deleitarse ––como solía hacer los domingos, cuando le solicitaba en voz baja que interpretara varias piezas musicales–– o fue una premonición, y suponía que con esos conocimientos su hijo lograría, algún día, ganarse la vida. Él inició los estudios con escaso interés y en dos ocasiones, en las que se sintió agobiado por la teoría y el solfeo, manifestó su intención de abandonar. Pero jamás interrumpió sus estudios; su padre siempre consiguió los argumentos irrefutables que lo constriñeron a continuar por el camino acordado. Nunca llegó a agradecérselo, omisión onerosa que lamentaba profundamente.

En una esquina se encontró con un viejo amigo, Sebastián Larra Cuevas, otro hombre venido a menos, quien no tocaba ningún instrumento, y solo conservaba como cualidad sobresaliente una elocuencia aplicada a materias cotidianas, la cual acompañaba con ademanes en desuso que formaban juego con su elegancia desteñida.

―Buenos días, buen amigo ―Sebastián saludó cortésmente y simuló levantar un sombrero invisible a la vez que inclinaba levemente la cabeza.

            Argimiro lo notó más delgado, corroboró su apreciación observando las marcas en el viejo cinturón de cuero.

            ―¿Qué haces por aquí? ––preguntó Argimiro.

            ―Tomando el sol de la mañana; es el mejor del día. ¿Y tú? ––dijo con la resonante gravedad de su voz. 

            ―Iba a ver si conseguía algún periódico abandonado en la cafetería del bulevar.

            ―Me gustaría acompañarte, si no tienes inconveniente.

            ―¡Por favor! Vamos, así conversamos.

            En una mesa desocupada encontró un periódico del día anterior. Argimiro pidió dos cafés. Abrió con visible interés el periódico, deseaba conocer los precios de los alquileres. Sebastián cogió el primer cuerpo del periódico y solo leyó los titulares. Sin realizar mayores cálculos, Argimiro entendió con resignación que había de conseguir unos once alumnos más si pretendía abrir la tan anhelada escuela de música. Decepcionado, dejó el periódico sobre la mesa. Durante una hora hablaron de varios temas sin importancia mientras bebían el café que parecía no acabarse. Sebastián le confesó, al superar los escrúpulos, que su notoria delgadez era la ineludible consecuencia de mal comer dos veces al día y que en la última semana solo probaba bocado en las noches. Argimiro se compadeció. Tenía en el bolsillo del pantalón unas monedas, que apenas alcanzaban para dos cafés. En su habitación conservaba algunos víveres que suponía suficientes para dos semanas. En un rincón del armario atesoraba celosamente tres billetes dentro de una servilleta de papel, que solo usaría si se presentase una emergencia.

Luego de un silencio compartido, propio de las conversaciones que buscan matar el tiempo, Argimiro decidió revelarle un secreto:

––Te voy a referir cómo sobrevivo en la difícil época de vacaciones. Te ruego discreción y prudencia, amigo ––le expuso, levantando las cejas y mirando hacia los lados, como si temiera que algún entremetido lo escuchara.

            ―¿Nada deshonesto? ―preguntó Sebastián, alarmado.

            ―¡No, amigo! Yo he pasado hambre también; no tanto como tú, pero sé lo que es eso. A pesar de mis desventuras, nunca he cometido un acto deshonesto.

            ―Perdóname, no quise ofenderte; sé que eres un hombre respetable.

            ―Descuida. Pero primero debemos mudarnos de ropa ––manifestó con una sonrisa mientras se levantaba de la silla.

            ―Me da vergüenza revelarte esto, Argimiro, pero… visto mi única muda de ropa decente. Las demás son de pordiosero, porque la mejorcita me vi obligado a venderla para pagar la renta de la habitación en la que vivo.

            Argimiro lo miró con lástima.

            Sebastián se sorprendió al ver la pequeña habitación de su amigo, tan solo disponía de un ambiente. Sobre la cama vio la guitarra. Siempre pensó que su amigo vivía mejor que él, pero la realidad le mostraba que ambos apenas superaban la desgracia. Argimiro extrajo de un antiguo armario el único traje que conservaba de su padre, el cual supuso adecuado para Sebastián. Él se cubrió con una chaqueta y cogió una corbata de bacterias, a la cual no le había deshecho el nudo. Antes de salir cogió un maletín que guardaba tras una vieja cortina.

            ―¡Y eso!, ¿para qué lo vas a llevar?

            ―Esta es la pieza más importante. Ya verás. Con esta almorzamos y cenamos.

            ―¡Me vas a invitar a cenar y almorzar en un restaurante!

            ―Hasta que quedemos saciados.

            ―Pero ¡¿no me habías dicho que apenas tenías para vivir?!

            ―Y así es, pero uno se las ingenia. ―Le hizo un guiño.

            Salieron en dirección a la avenida principal. El frío de las tardes llegó y los amigos se abotonaron las chaquetas. Caminaron unas nueve cuadras. Sebastián permaneció callado durante el trayecto e intrigado por saber dónde comerían y de dónde sacaría su amigo el escurridizo dinero, quizá lo llevaba en el maletín y por ese motivo lo sujetaba con fuerza. 

            Entraron en el centro comercial más grande de la ciudad. Sebastián caminaba detrás de Argimiro. Por un momento sospechó con asombro y resignación que su amigo lo llevaría a hurgar en la basura. Sabía que en los centros comerciales se desperdiciaba diariamente mucha comida.

            ―¿Eres alérgico al pescado o a algún otro alimento?

            ―¡No! ¡Y con las hambrunas que he pasado, sería un pecado! ―respondió Sebastián sonriendo.

            ―Camina al lado mío, aparenta que me escuchas con interés y no digas nada. Sígueme la corriente ¿Entendiste?

            ―¡De acuerdo!

            Subieron al último piso y entraron a la colosal feria de comida del centro comercial. Sebastián se veía perdido, nunca había pisado ninguno de los centros comerciales de la ciudad, ni sabía que existían ferias de comida. Lo sobrecogió ver tantas personas hablando al mismo tiempo y buscando un lugar dónde sentarse; algunas llevaban tanta comida y vasos enormes de refrescos que parecían malabaristas. Su vida se desarrollaba lejos de allí, en el centro de la ciudad, en las cafeterías añosas que rodeaban la plaza Central, donde los jubilados, los futuros jubilados y los hombres como él gustaban conversar por las tardes. Miró de reojo los contenedores de desechos, algunos se encontraban desbordados, luego dirigió su mirada a la multitud, nadie reparaba en ellos, y rogaba que continuaran así mientras buscaban en la basura.

            Argimiro caminaba lentamente, esquivando al gentío, hablaba en voz alta, mirando hacia adelante y a veces a Sebastián. Le exponía detalles sobre unos supuestos conciertos que presentaría en el teatro Las Tres Gracias en los próximos días. Sebastián permanecía callado, tal como le solicitó Argimiro, solo asentía cada vez que su amigo emitía un juicio. De improvisto, una joven vestida con uniforme le ofreció un trozo de pollo clavado en un palillo. Sebastián miró asombrado a Argimiro, éste tomó rápidamente lo que le daban a probar y se lo llevó a la boca. La muchacha cogió otro pedazo, ofreciéndoselo a Sebastián, quien lo recibió, dándole las gracias con su habitual cordialidad. Al alejarse unos pasos, Argimiro le advirtió:

            ―¡No le des las gracias a nadie!, haz lo mismo que yo haga y no mires por ningún motivo a los ojos de quienes te ofrezcan para probar.

            Continuaron recorriendo los locales de comida, deteniéndose unos segundos en cada uno para catar todo lo que les ofrecían.

            ―¿Estás bien o quieres más? ―preguntó Argimiro cuando terminaron el recorrido.

            ―Me cabe más ―le dijo mostrando una gran sonrisa.

            ―Muy bien. ¿Cuál te gustó más?

            ―¿Vamos a pedir un plato para los dos?

            ―Te recuerdo que mis bolsillos están tan vacíos como los tuyos, querido amigo.

            ―¿Entonces?

            ―Déjame eso a mí. Entonces, ¿cuál te gustó más?

            ―Las albóndigas libanesas me gustaron mucho, también ese pollito chino de allá.

            Volvieron a recorrer la feria, degustaron nuevamente en todos los locales y, finalmente, se detuvieron frente a la comida libanesa. Argimiro se llevó a la boca un trozo de pollo bañado de semillas de sésamo y miel y enseguida le preguntó a Sebastián:

            ―¿Te gusta aquí?

            ―Sí.  

―A mí no. ―Argimiro le preguntó al joven que los atendía con diligencia, sin mirarlo a los ojos―. ¿Qué más sirven aquí, además de las albóndigas de carne y este pollo?

            Mientras el joven le explicaba, Argimiro miraba el cartel de los precios con atención, como si fuera un oscuro problema de matemáticas que necesitaba resolver con apremio.

            ―¡No sé! ―repetía Argimiro cada vez que el muchacho le nombraba un plato.

            El joven les solicitó que aguardaran un momento. En menos de un minuto, regresó con una bandeja más grande, con más variedad y les dio a probar. Argimiro, sin dejar de masticar, miraba a Sebastián expresando con gestos que todavía no terminaba de convencerse.

            ―Vamos a entrar ―dijo por fin.

            Dieron un vistazo al pequeño local de comida; Argimiro miraba al joven de la entrada por el rabillo del ojo. En cuanto el joven se distrajo con otros clientes, ambos salieron rápidamente, dirigiéndose sin perder tiempo al establecimiento que vendía comida china, donde repitieron la misma conducta. De allí se dirigieron a una cafetería en el piso inferior, Argimiro usó sus últimas monedas en dos cafés negros. Sebastián no dejaba de halagarlo y Argimiro de recordarle que no realizara ese recorrido todos los días, sino una vez a la semana en un mismo centro comercial y, especialmente, cuando viera que cambiaban a la persona que ofrecía la comida y el establecimiento se hallara atiborrado de clientes. Cumplía esforzar la memoria, por consiguiente, nunca debía recibir comida de la misma persona, por lo menos en un mes.

            ―¿Y vamos a cenar de la misma forma? ―le preguntó Sebastián.

            ―Sí, pero en un centro comercial que está a doce cuadras de aquí.

            ―¡No! ¡Esta vez invito yo! Vamos a ir a un lugar que está cerca de tu casa, es más silencioso y adecuado para dos caballeros como nosotros ―le dijo sonriendo.

            Argimiro lo miró extrañado.

            ―Yo también tengo un medio para subsistir y, al igual que tú, no lo puedo hacer durante el día en un mismo lugar, pero sí todas las noches. En realidad, es mi comida principal, sin ella me moriría de hambre.

            ―¡Me intriga saber! ¿A dónde vamos?

            ––Paciencia, amigo. Es una sorpresa.

            A las once de la noche, dentro de una habitación sombría y cálida, los dos amigos tomaban café en unos vasos de cartón; minutos antes les habían servido un caldo de pollo con verduras y unos panecillos cuadrados. Se encontraban sentados cómodamente en unas sillas estilo Luis XV, y miraban embelesados hacia la pared del frente. Dormitaban cuando uno de los familiares del difunto entró a servirse café. Lo saludaron con deferencia, como es menester entre gente educada. Apenas se hubo retirado el doliente, decidieron marcharse; ambos convinieron en que resultaba imprudente que dos caballeros deambularan a esas horas por las calles desoladas. 

    LOS COMENSALES© 

                                                      Jaime Huertas Fernández

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2 comentarios

    1. Hola, Eudis. Gracias por leernos y acompañarnos. Puedes seguirnos en @queleer en todas las redes sociales, siempre estamos compartiendo las publicaciones de la página y otros contenidos.

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