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Fidel Maguna: La soledad del autor mata o enloquece

Fidel Maguna La soledad del autor mata o enloquece

El escritor argentino Fidel Maguna obtuvo recientemente el XXI Premio Anual Transgenérico con: Tres novelitas invisibles. El jurado resaltó que el “delicado equilibrio, amistad y soledad abonan el terreno para volver sobre temas como el viaje, la enfermedad y la muerte, el amor y la culpa, los márgenes rurales y la poesía”.

En entrevista con QuéLeer, Fidel Maguna nos contó que las editoriales de poesía consideraron el texto, muy narrativo. También nos comentó sobre la Revista Río Belbo, para devolverle el lugar a la figura del corrector, del editor, del crítico.

Por primera vez en la historia del Premio Transgenérico se premió a un autor argentino. ¿Hubo alguna razón en especial?

Esta fue la respuesta de Diajanida Hernández, gerente general de la FCU.

El Premio Anual Transgenérico es un concurso ciego, los participantes envían sus manuscritos con un pseudónimo. Es decir, cuando el jurado lee, no tiene información sobre el autor. Además, son textos inéditos. Todos en español.

No hay razón especial para premiar a un autor argentino, venezolano o de otra nacionalidad que no sea la calidad literaria del texto. La evaluación del jurado es sobre aspectos netamente literarios, estéticos: no tiene que ver la nacionalidad”.


20 años del Premio Anual Transgenérico Fundación para la Cultura Urbana

¿Qué representa para ti haber obtenido el Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana 2021 en un veredicto unánime?

Representa una tranquilidad. Una mano que aligera algunas preocupaciones, que facilita el trabajo. También representa la expectativa por la edición del libro, por encontrar lectores en un país que no conozco, por iniciar un diálogo. Representó una vergüenza por no conocer mucho de la literatura de Venezuela. Entonces representó también mi introducción reciente -desordenada pero intensa- en la literatura venezolana. Representó estar conociendo los poemas de Cadenas, por ejemplo. Representó una calma, una natural y extraña alegría por saber que tres personas, distribuidas en tres ciudades del mundo, leyeron mi libro, y que les gustó, o que al menos se dejaron llevar por la historia. Representa un sentimiento de gratitud y deuda con ellos y la Fundación.

Eres el primer autor extranjero en obtenerlo. ¿Por qué decidiste participar?

Para usufructuar una producción difícil de usufructuar. Una novela con forma de libro de poemas, que no tiene grandes estridencias, que es más bien gris, silenciosa, es difícil que encuentre alguien interesado en editarla. Las editoriales de poesía consideraban, con razón, que este era un libro muy narrativo. A las editoriales de narrativa ni siquiera se los mandé. En los concursos no tenía cabida: en los de poesía se excedía en cantidad de páginas, en los de narrativa no mandé. Por eso, cuando leí el “transgenérico” en la convocatoria, hice la apuesta. Debe ser, sino el único, uno de los pocos concursos que no hace distinción de géneros. Esa es una virtud enorme de este premio. Un alto criterio intelectual de la Fundación.

De qué trata Tres novelitas invisibles.

La trama es sencilla y recurrente: un hombre, para colmo un escritor, deja la ciudad. Tiene o tuvo una enfermedad. Pareciera que está enfermo de literatura, pero en realidad está enfermo de los que están enfermos de literatura. Está en una encerrona del lenguaje, y por eso se va a un pueblo de montaña. Después se enamora, se casa y se va a otro pueblo, a otro país, a vivir con su mujer junto al mar. El tiempo pasa, en la ciudad. Se entera de los cambios del mundo por cartas que recibe y diarios que lee. Pero los diarios le dicen poco, casi nada. Tiene la sensación de que su enfermedad va cediendo, de que aprendió a no esperar nada de la creación solitaria, del genio, del mercado, de la época que le tocó en suerte. Entonces decide regresar a la ciudad, con su mujer. Pero al llegar, la ciudad ya no existe. El mundo, la época, se quebró. Uno de esos quiebres que suceden cada cincuenta años, justo cuando decide volver. Entonces se instala en eso que los diarios y la crítica literaria llama “periferia”, “margen”. Un barrio alejado desde donde ve las luces a las que no puede acercarse. Y entonces lee a Kafka y a Pavese, ¿qué otra cosa puede hacer?


Fundación para la Cultura Urbana se adapta a los nuevos tiempos

Desde niño te acercaste a la literatura. ¿Cuál es esa anécdota particular en la que comenzó tu interés?

No hay anécdota. Una vez la hubo, pero me di cuenta que era literatura, una ficción vaga para evitar respuestas más complejas, pero no una explicación sincera. La respuesta sincera a esa pregunta requiere trabajo. Tal vez todo el tiempo estoy escribiendo esa respuesta.

¿Cuándo publicaste tu primer libro?

En el 2017, con la editorial Cachorro de Luna, a cargo de Mario Castells y Abel Franzen. En ese primer libro fue fundamental, también, el editor y poeta Federico Rodríguez.

¿Te gusta escribir poesía basada en hechos y personajes reales? Lo digo porque escuché tu texto sobre Beethoven y la araña.

Creo que me gustaba. Ahora pienso que no eran poemas, sino tubos de ensayo para buscar una fórmula para decir. La prueba está en que son viejos textos sin música, que se mueren si uno los lee en voz alta. “Personajes reales” es una linda y compleja conjunción. Hay una tensión ahí sobre la que sí me gusta escribir, pero no poemas. Poemas, lo que se dice poemas, nunca escribí. Eran ensayos, pruebas con forma de poemas.

¿En qué te inspiras para escribir?

Sencillamente no pienso en la palabra “inspiración” ni en sus posibles significados. Lo que sí tengo son adicciones y mañas que limitan y al mismo tiempo alimentan la escritura. Pero eso no tiene nada que ver con lo que me preguntás.

Cuéntanos sobre tu labor en la revista y la editorial Río Belbo.

Un día del 2018 me quedé sin empleo y decidí dedicarme exclusivamente a trabajar sobre textos. Para mí, en términos de placer y deseo, escribir es lo mismo que corregir, editar, entrevistar, transcribir o redactar la nota de una solapa. Por entonces empecé a escribir artículos para algunos diarios y a ser corrector por encargo. Incluso fui eso que se dice escritor fantasma y que pensé que sólo existía en las películas. Pero es muy distinto a las películas y con estas changas ganaba muy poco. Si no era por Lucía, mi compañera, la aventura terminaba acá. Pero estaba ella. Quiero decir que ganaba poco no sólo en dinero, sino que ganaba poco en experiencia: empecé a ver que los textos que escribía se iban devaluando en los lavados pedidos de los editores, que el trabajo en medios requería más lobby que escritura o reflexión, que me iba alejando de lo que quería conseguir, y un día, finalmente, dejé de encontrar palabras para sostener la discusión que intentaba sostener. Había apostado y estaba perdiendo la apuesta. Lo típico: cuando uno se queda sin palabras empieza a gritar, a enfermarse. Así estaba hasta que un día mi amigo, el escritor Matías Rodríguez, me prestó los cuentos póstumos de Fitzgerald. En ese libro, en una nota perdida del editor, se cita una carta que le mandó a su esposa Zelda, unos meses antes de morir. Decía Francis Scott: “Es curioso que desapareciera mi antiguo talento de cuentista. En parte se debió a que los tiempos cambiaron, los editores y directores de revistas cambiaron…” Entonces hubo un doble movimiento. Entendí que mi problema era el problema de una generación y vi con claridad lo que significa la falta de un medio en el que trabajar con placer, un medio que despierte las pulsiones de escritura, que las conduzca al crecimiento intelectual y, por ende, contribuya a una mejora colectiva.

La falta de trabajo mata o enloquece, sencillamente. La soledad del autor también. Por eso el pequeño trabajo de pensar la revista ya me hizo sentir en compañía. Volví a las palabras junto a otros. Empecé a leer más y a escribir menos. A pensar a partir de los otros. Empecé a corregir textos ajenos por placer y no por encargo. Así nació la revista Belbo, destinada a que no desaparezca el talento de los cuentistas, ni de los cronistas, ni de los correctores, ni de los periodistas de la vieja escuela, los periodistas “incompletos”, esa tropa que se va comiendo la modernización de la prensa. Los principios son simples: no nos importa el nombre del autor, el género, no nos importa la demanda de otros medios enloquecidos por describir la realidad que ellos inventan, no nos endeudamos con un tema. Sólo nos importa el texto, lo que se dice y lo que se oculta. Y los lectores, claro, a quienes vemos como coautores, siguiendo la premisa de Piglia: un buen lector se transforma en autor del texto que está leyendo.

Río Belbo surgió de una crisis en el mundo editorial y en el periodístico. Creo, sin embargo, que esta crisis está siendo mal estudiada. La prueba es que la discusión la dan, mayoritariamente, los empresarios y no los creadores, los hombres y mujeres que día a día le dan voz a un diario o a una revista. Se discute si el futuro está o no en el papel y las posibilidades técnicas del inminente pasaje a lo digital, pero no se discute porqué la voz de nuestros medios se va apagando, incluso cuando grita, porqué la voz ya no puede decir lo que no está viendo. Al fin y al cabo, nuestro trabajo es nombrar lo que todavía no se ve, ¿no? Pero me fui por las ramas. En fin: dar ciertas discusiones es nuestro objetivo, todavía incipiente. Aún no conseguimos apoyos estatales ni privados, y nos sostienen las colaboraciones de los lectores, siempre generosos. Con ellos sí estamos en deuda. Y esa deuda es una pequeña victoria de nuestro equipo de trabajo, un motor para seguir. Pero todavía estamos lejos, muy lejos, de sostener el talento de los Fitzgeralds que pueblan el mundo.

Esto que digo es sobre la revista, pero también se ajusta a la editorial: el objetivo es garantizar que un texto llega a los lectores en su mejor versión. Algo que parece sencillo, pero es sumamente complejo. Para eso es necesario devolverle el lugar a la figura del corrector, del editor, del crítico. Hasta ahora la editorial publicó haikus de Andrés Maguna, poemas de María Lanese, diarios de Natalia Pérez, ensayos de Julio Cano y, en breve, presenta una biografía de Cesare Pavese, escrita por Franco Vaccaneo y traducida al castellano por Rosario Gómez Valls y Julio Cano. Curiosamente es la primera biografía de Pavese que se publica en América Latina. La editorial fue ideada junto al artista del diseño Bruno Trivisonno.

¿Es cierto que escribes un poema por semana?

Es que antes creía que eran poemas, pero ahora descubro que eran tubos de ensayo. O bocetos. Un pintor nunca dice que hizo cien rostros en una semana, por más precisos y hermosos que le hayan salido los bocetos del rostro que va a pintar más adelante. Era una exageración bastante narcisista de mi parte.

Tus próximos proyectos.

Seguir produciendo textos junto a otros. Terminar la serie de artículos que estoy escribiendo. Tratar de fortalecer la unión entre el mundo de los niños y el mundo de las ediciones.

 Deja para nuestros lectores algunos de tus poemas para que te conozcan más.

Espero que sean vistos como bocetos. Acá van:

Ilusión para herederos

Los que se han salvado el alma y emprenden el camino de regreso, buscando

restos de sus lejanas juventudes y escriben, con pretendido espanto la palabra espanto

y escriben, con pretendido horror la palabra horror; los que se han salvado aferrando

lo heredado más allá de los cariños, la proyección de la construcción ajena, aferrando

lo bueno que quedó del padre y lo bueno que quedó del monaguillo

los que se han salvado aferrando la peligrosa luz de una mala lectura

del austriaco, del entrerriano y del francés; los que se han salvado, en fin

y emprenden el camino de regreso, imitando el tono y emanando

no la calma del hombre que escribió “La calma”, no la luz del hombre que inclinó

su sombra a la sombra de la tarde; sino otra luz, chillona y perversa; los que creyeron

que se han salvado el alma en esa luz incandescente de clínica privada para poetas malheridos

por envejecidas lolitas de cátedras oscuras, los que creyeron que allí,

en esa luz tan luminosa, se han salvado el alma y emprenden el camino de regreso

no se detengan aquí, ni le pidan fuego al pescador. Parece un buen hombre, pero no: los niños

que faltan en este pueblo se mecen en su canoa, y su canoa

se mece en alta mar…

Así ha sido siempre.

Salvar el alma es una ilusión para herederos. Nosotros

pescamos para repartirnos las espinas.

La sinfónica del bosque

La sinfónica del bosque se adelanta al comienzo de la luz.

Será un buen día, me lo dicen mis huesos, será un buen día más allá

del insomnio y del grano en el culo, más allá de la falta de trabajo

y del fantasma del hambre, apostado acá, desde muy temprano

en este oscuro rincón de la cocina. Yo sólo espero que también

sea un buen día para el caballo salvaje que relincha, para los huesudos

peces de tajamar y para las gallinetas con sus cerebritos de gorrión.

Que sea un buen día, dios me oiga, para mi compañera, que duerme ajena

al pretencioso y enfermante problema del estilo (qué cosa más triste

esta acidez naciente y creciente en el fondo de la panza) y que sea un buen día

también para el hombre que quiso situarnos en su antología de polvo y de fantasmas.

¿Será un buen día para él? Espero, en esta benévola mañana que comienza

bajo el irónico influjo de las cartas de Flaubert, que el hombre aquel haya alcanzado

la cadencia que buscaba en los pomposos recuerdos de su infancia. Y sobre todo

espero que haya dado al fin con los poetas marginales que tanto anhelaba encontrar

en ciudades y pueblos de esta patria, hospedándose en hoteles y compartiendo lobby

con entrenadores de fútbol y de box, buscadores de talentos, como él a su manera.

Siempre le tuve idea a todos ellos, hasta esta mañana en la que la sinfónica del bosque,

con sus afónicas urracas venidas de ultramar, anuncia

que es momento ya de perdonarlos. Al fin y al cabo los fantasmas no existen, me repito

los fantasmas no existen excepción hecha de Hamlet.


Fidel Maguna nació en 1993, en Rosario, provincia de Santa Fe. Dirige la revista y editorial Río Belbo, en donde publica una nota mensual sobre literatura y política. Con Río Belbo editó una biografía de Cesare Pavese (escrita por Franco Vaccaneo y traducida al castellano por Rosario Gómez Valls y Julio Cano), libros de poemas de María Lanese y Andrés Maguna, diarios de Natalia Perez y ensayos de Julio Cano. Colaboró en diversos medios de comunicación y proyectos editoriales de Argentina, Uruguay e Italia.
En 2017 publicó un libro de poemas titulado Sobre el corazón de la tierra (Editorial Cachorro de Luna) y,en 2018, su libro La invisible ganó el premio de poesía “De Pedroni a Pavese”. Actualmente trabaja en una serie de crónicas, ensayos y entrevistas sobre la figura de Rodolfo Walsh. No cursó estudios universitarios. Coordina encuentros de escritura con niños y adolescentes.

 

Patricia Chung

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