Gómez de la Serna: el arte de contar mentiras

Gómez de la Serna el arte de contar mentiras

Gómez de la Serna: el arte de contar mentiras. La escritura es un oficio celoso. Es imposible asumirla como un trabajo de oficina de ocho de la mañana a cinco de la tarde, con una hora de almuerzo al mediodía y fines de semana libres para jugar al fútbol.

Escribir es terrible porque implica perder la libertad de hacer lo que a uno le da la gana y, aunque incluso se escriba a escondidas y sin recibir un céntimo por ello, el caso es que no hay un solo minuto para el asueto.

Aquel que cayó en el vicio escritural, pronto comprende que ya no es un pasajero más de la vida. Cada libro que lee, cada paseo que da e incluso cada orgasmo que regala o que le regalan, ya no le pertenece, sino que sirven para alimentar a la bestia insaciable de la literatura que anida en sus entrañas.

Descubierta la criatura, el escribidor se enfrenta a la encrucijada de seguir cebándola con su propia carne (esto es, seguir el camino del escritor) o matarla de inanición, convirtiéndose en un adulto responsable que cumple con Hacienda.

Si la opción escogida es la primera devienen etapas de crisis en los que hay arrepentimientos y alegrías por igual y si el guerrero de la escritura no desiste durante alguna de ellas, puede que llegue a un punto en el que su bestia y él mismo se vuelvan uno, desgarrando el velo que separa el mundo real del de la ficción.

Gómez de la Serna

En la entrega anterior había mencionado a Ramón Gómez de la Serna y conviene volver a él, toda vez que se trata de uno de los escritores que han conseguido fusionarse con su criatura.

Por lo que leer sus libros, sean estos de crónicas, cuentos, ensayos o greguerías, es hojear un álbum fotográfico de la vida de su creador.

La distinción entre hombre y obra ya no existe y se ha rechazado la “realidad” como lo que es: algo absolutamente prescindible.


Lea un poco más acerca de Ramón Gómez de la Serna mientras toma «Un café en la cripta«.

En su autobiografía – “Automoribundia” – el narrador/personaje/escritor lleva de la mano al lector a través de etapas de su vida sin que se sienta la menor duda de que lo que cuenta es la verdad más pura. No importa si narra su propio alumbramiento, su despertar sexual o los devaneos de su padre: cada letra es una célula de Gómez de la Serna.

El mismo efecto producen sus novelas, aunque él ya no es el protagonista: sus personajes parecen trozos de Ramón. La Nardo está en sus entrañas; la viuda blanca y negra, en su sexo; el hombre del sombrero de hongo gris se abre paso por su coronilla, en fin…

Por otro lado, Greco, Poe y demás artistas que escogió para las biografías son proyecciones de sí mismo. Se parecen a él, son él.

Leer a Gómez de la Serna es leer un universo, el suyo. Su bestia ha transformado la realidad a imagen y semejanza de su creador y lo que llega a nuestros ojos es un universo travestido de literatura. Y eso es bueno.

No tendría sentido si, como un mal periodista, Gómez de la Serna hubiese retratado a Madrid como es «en verdad”, pues el talento precisamente consiste en mostrar aquello que nosotros, los lectores, no detectamos a simple vista por miopía estética.

Transmitir sensaciones es literatura. No importa las “mentiras” que cuenta un libro, al fin y al cabo, la verdad es una cuestión de perspectiva. Lo que interesa es que el escritor use su tamiz y filtre a través de él la “realidad” entregándonos las pepitas de oro que se esconden entre toda la arena del tedio cotidiano.

(Más travesuras como esta en el La rue Morgue o en Twitter.)

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