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La última vida del libro

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Al libro lo han matado desde siempre, incluso desde antes de que existieran las pieles y los pergaminos que se quemaron en la biblioteca de Alejandría. Lo han matado de todas las formas posibles, además, todo hay que decirlo. Lo hemos matado todos nosotros con nuestra indiferencia, para que no nos hagamos los de las gafas desde el principio. Sí, todos hemos matado, al menos, un libro. La estadística no miente, es una ciencia que no conoce la verdad.

Pero esto que vine a decir se trata de que no importa las muertes que hayamos causado a la especie, sino la resucitación, más aún que la creación, que se pueda originar. Se trata de un ejercicio simple: de los libros no leídos, los leídos a la mitad o mal leídos, buscar el que se tenga más cerca y abrirlo en una página cualquiera para leer en voz alta algún aparte o, si las cosas no se detienen, un párrafo o la página completa. A este fragmento, luego de terminar, imaginariamente lo siembro como si fuera una semilla imaginaria en algún lugar imaginario, la riego con agua imaginaria y espero hasta que florezca imaginariamente, o hasta que yo me sienta como El hombre imaginario de Nicanor, que somos todos, hasta que me sienta en paz, por decirlo de otra manera. Sé que esto no tiene un sustento científico, como debiera, pero cuando lo intenten, verán que es una forma efectivísima de, al menos, resucitar al libro que les cayó en suerte, aunque no lo veamos por ahí saltando de rama en rama ni aullando en busca de comida. Yo lo he hecho durante décadas, vidas, siglos, eras, y siempre me ha funcionado, siempre he terminado por sentirme en paz, sentirme paz.

Hay que procurar, eso sí, que esto no se conciba en el servicio de transporte público o donde podamos incomodar a otro con la imaginación, así como que, según los propios favores, sea realizado en un lugar en donde nunca puedan o quieran arrebatárnoslo de las manos, como un banco, una sala de espera o un concierto. Esto para que podamos llegar al final del ejercicio, a la resucitación completa y no nos quedemos a medias, atrapados tal vez en medio de dos hojas imaginarias que nadie vuelva a separar nunca más por no poderlas asir, por no tener imaginación.

Sergio Marentes21 Posts

Editor y director editorial del Grupo Rostros Latinoamérica. Es poeta y narrador. Lector irredento.

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