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Laury Leite: tengo una visión absolutamente pesimista del ser humano

Laury Leite

Laury Leite (Ciudad de México, 1984) vive en Toronto, Canadá y desde allí nos habla sobre su primera novela En la soledad de un cielo muerto cuya trama parte de la crisis del 2008 y cómo se ve afectado André quien debe cruzar el océano Atlántico para retornar a “la cloaca”.

En entrevista a Qué Leer afirma que las novelas plantean hipótesis. Nos cuenta su visión sobre Ciudad de México, Madrid y Toronto.  Leite es un escritor de párrafos largos para quien “la literatura es una forma de estar en el mundo”.

Laury Leite

Tu novela trata del  desarraigo, las despedidas, el abandono, la nostalgia.  Acaso ¿La cotidianidad de los personajes produce su infelicidad?

Creo que en cierta medida todo lo que vivimos se filtra en nuestra cotidianidad. La cotidianidad es como una gasa que va absorbiendo la suma de nuestras experiencias. Me parece que la infelicidad se produce más por un choque de los personajes con el mundo, por una inadaptación al entorno que luego descarga su peso sobre esa cotidianidad en la que están inmersos. Si miramos el grueso de las experiencias a las que estamos expuestos, el simple hecho de que nosotros y la gente a nuestro alrededor se va a morir, es difícil no experimentar al menos cierto malestar. Esa conciencia del declive propio y el declive del mundo tiñe la cotidianidad de los personajes, y el paisaje de la novela en general, de una especie de melancolía existencial.

La novela plantea todo tipo de crisis que afectan a sus personajes, desde la económica, pasando por la moral y hasta la existencial. ¿Es así cómo percibes al hombre y  su relación  con la sociedad en la que está inmerso?

Más que con la sociedad en sí, con el tiempo histórico en que le tocó vivir. En la raíz griega de la palabra crisis está la idea de separación. Al principio tuvo un origen agrario. Krinein, el verbo original, se empleaba para designar la separación del grano de la paja e implicaba una toma de decisión con criterio. Del mismo verbo viene la palabra crítica. Luego, en el mundo latín, la palabra se transformó y se empezó a utilizar para designar el punto decisivo en una enfermedad; es decir, el momento crucial en el que hay que tomar una decisión sobre qué hacer con el enfermo. Me interesa mucho el origen de esta palabra porque creo que revela aspectos importantes de nuestra relación con la historia. Es curioso que usemos esta palabra y no otra para determinar ciertos momentos históricos. Siempre estamos ante un mundo de posibilidades y hay que tomar decisiones con criterio, pero pareciera que hay momentos históricos en que la enfermedad está tan avanzada que llegamos a un punto crucial en el que perdemos la capacidad para tomar decisiones y entramos en crisis. En este sentido pienso que la crisis del individuo con su sociedad está determinada más por un momento histórico que por una situación congénita. Es una crisis desatada por el rumbo que están tomando las cosas, por la gravedad de la enfermedad y la insensatez de las decisiones que se están poniendo en práctica.

¿Qué tienes en común con el protagonista André en el plano de las emociones?

Todas las personas compartimos una misma gama de emociones, la diferencia radica en algunos de los estímulos que las suscitan. Siento que soy muy diferente de André. Mi personajes es un tipo más bien malhumorado, tristón y angustiado. Si bien tengo una visión absolutamente pesimista del ser humano y de la vida en general, soy una persona que disfruta muchísimo de todo, me gusta reírme y pasármela bien. Y si hay suficiente vino o cerveza incluso tengo la capacidad de ser feliz.

Tienes conceptos muy fuertes sobre México, al punto de llamarla “cloaca”. ¿Es acaso una difícil experiencia vivir en esa ciudad?

Es cómico porque esa palabra ha generado un poco de controversia. Algunas personas que conozco se sintieron muy ofendidas por esto. En primer lugar me gustaría decir que no soy yo el que se refiere a la Ciudad de México como una cloaca sino el narrador. El narrador no logra situarse ante la realidad si no es a través de símbolos. Él camina, como diría Baudelaire, en un bosque de símbolos. Regresar a la Ciudad de México es un gran fracaso para él, por eso se refiere a la ciudad como una cloaca a la que no quiere volver, un lugar apestoso y lleno de mierda. Yo pienso que vivir en cualquier ciudad es difícil y me esfuerzo por no confundir la realidad con los símbolos que mi mente se representa. A mí me gusta mucho la Ciudad de México, es mi ciudad, y creo que es de los lugares más interesantes del mundo. Eso no quita que piense que mezclar a aztecas con españoles y encerrar a sus veinte millones de hijos en un valle donde hay volcanes y tiembla tiene que ser un experimento del mismísimo demonio.

En la trama se percibe lo que implica ser madre soltera y cómo a un hijo le afecta la falta del padre. ¿Qué nos puedes comentar sobre este problema social?

Pasa mucho en América Latina. Muchos de mis amigos crecieron sin padre o con una figura paterna casi totalmente ausente. Cuando un padre o una madre abandonan el hogar se generan todo tipo de desajustes afectivos, económicos, psicológicos. Al mismo tiempo creo que propicia una manera diferente de ver el mundo, lejos de ciertas convenciones sociales. Es verdad que al personaje le pesa la ausencia de su padre. Lo que no alcanza a ver es que quizá si hubiera crecido bajo la sombra de su padre las cosas habrían sido mucho peor. La ausencia del padre se puede ver como un problema pero también como una liberación.

La soledad es común a los personajes de André, su mamá e inclusive la vecina. ¿Es para ti fundamental que los personajes tengan esa condición para poder desarrollar sus sentimientos?

Para mí la soledad es fundamental en muchos sentidos, algunos positivos y otros negativos, claro. Cuando es elegida, la soledad es una fuente de placer, una manera de apagar el ruido del mundo por unos instantes. El problema viene cuando las personas no eligen estar solas y terminan completamente aisladas, con ansiedad y depresión. Esto se ve mucho en las sociedades más desarrolladas. En el caso de los personajes, creo que han ido perdiendo la capacidad de relacionarse entre sí, son como islas que están juntas pero no hay puentes que las unan. Me interesa la soledad como fenómeno existencial.

Has declarado que las novelas plantean hipótesis. Si eso es así, a cuáles conclusiones has podido llegar con esta novela?

Sí, creo que las novelas siempre plantean hipótesis. Son como los juegos, territorios donde exploramos formas de ser e interactuar. Es bien interesante tu pregunta porque con esta novela me pude dar cuenta de lo que nos estaba pasando como sociedad en los años después de la crisis de 2008. Yo me había propuesto escribir una novela de exploración, para descubrir el paisaje emocional en el que estábamos metidos y ahora, visto en retrospectiva, noto que esa impotencia existencial que existía en mi personaje es lo que nos llevó a los neofascismos, al Brexit, a Trump, a Bolsonaro, a Jordan Peterson, a todos esos mesías chafísimas, de quinta. El terror al caos que nos rodea, el deseo de orden a través de la violencia, el retorno del macho autoritario que va a volver a tomar el control y atribuirle la culpa a las minorías. Todo ese discurso patético que circula ahora se estaba gestando en personas como André, el personaje de mi libro. Creo que mi personaje es el tipo de persona que hubiera terminado defendiendo ese tipo de causas.

Tienes un  estilo en el cual usas muchos puntos seguidos y pocos puntos aparte.  Me recordaste a Javier Marías. ¿Por qué decides escribir de esa manera?

Es una cuestión de ritmo. Para mí es muy importante el ritmo que impone cada frase, cada párrafo. Uno de mis propósitos cuando me siento a escribir es encontrar el ritmo particular de cada narrador, el modo en que marca un tempo. Es verdad que muchos de los autores que más me gustan tienen párrafos largos. Thomas Bernhard, Marcel Proust, Bohumil Hrabal. Hay cierta densidad en ese tipo de prosa que me llama mucho la atención. Me parecen como grandes bloques de pensamiento que no se interrumpe. Son como ladrillos de prosa que van armando un muro sólido y van un poco en contra de la velocidad que rige el mundo contemporáneo. Me gusta la lentitud de los párrafos largos.

Entre las ciudades en las que has vivido,  Toronto, Madrid y Ciudad de México. ¿Cuál es fuente de inspiración para ti como escritor?

Cada una a su manera se ha metido en mi escritura. Son ciudades muy diferentes. En todas he vivido experiencias importantes. La Ciudad de México me ha dado todo, una visión del mundo y un lenguaje para articularla. Madrid fue una gran experiencia de aprendizaje, fue como encontrarme con el padre perdido, vi pinturas de Goya, de Velázquez, escuché otro tipo de español. Toronto es mi casa y me ha dado las condiciones materiales y mentales que me permiten dedicarme de lleno a la literatura. Un bello invierno de seis meses en el que me escondo de la gente y me dedico a leer, escribir y ver futbol.

Al referirnos a la madre de André que  es pianista  ¿Qué rol juegan las emociones  y su paralelismo con la música clásica?

Con el personaje de la madre me interesaba explorar el lenguaje de una pianista, la forma en que los pensamientos y narraciones de una pianista adquirían consistencia sobre el papel. Se trata de una exploración formal. Por supuesto, las emociones de una pianista están a flor de piel y tiene su oficio para encauzarlas y darles forma. Me interesaba explorar esa sensibilidad particular.

¿De qué trata tu segunda novela La gran demencia?

Es un libro sobre cómo, en muchos casos, las revoluciones terminan siendo absorbidas por los paradigmas sociales y, en última instancia, incluso llegan a fortalecer el aparato ideológico que en un principio se proponían combatir. Específicamente, la novela explora la manera en que los movimientos de contracultura de los años sesenta y setenta, con su defensa del individualismo, la libertad y su rechazo a cualquier tipo de intervención Estatal, precipitaron indeliberadamente el estallido de la economía de libre mercado, las formas de consumo actuales y, en líneas generales, la racionalidad del capitalismo contemporáneo.

Trata sobre una pareja de los años 70 que vivían en una comuna hippy en la playa, y cuando tuvieron hijos volvieron a la ciudad y se compraron una casa en Ciudad Satélite, un suburbio de la Ciudad de México. Cuando la novela empieza los hijos son adultos y cada uno adopta una actitud diferente ante la realidad social que los rodea: el hijo mayor es un arquitecto exitoso que se adapta a las normas sociales y reproduce la estructura familiar; la hija es una nihilista que consigue un trabajo como cajera en un supermercado e intenta destruirle la vida a la gente a su alrededor por diversión; y el hijo más pequeño es un fotógrafo que intenta atestiguar y recrear la realidad a través del arte.

¿Para ti la literatura es denuncia?

Decía Carlo Ginzburg que el lenguaje y la cultura son jaulas flexibles e invisibles en las que podemos ejercer nuestra propia libertad condicional. Más que denuncia, para mí la literatura es una gran pasión, un espacio de libertad y de conocimiento que establece un tipo de comunicación especial entre los seres humanos. La literatura es una forma de estar en el mundo.

¿Es el futuro que nos espera, desesperanzador?

Sin ninguna duda.


Laury LeiteLaury Leite (Ciudad de México, 1984). Es escritor. Ha publicado artículos, ensayos, entrevistas y crónicas en diversas revistas literarias. Ha realizado traducciones y adaptaciones de obras de Frank Wedekind y Antón Chéjov, entre otros. Sus cuentos han aparecido en varias antologías. En 2017 publicó En la soledad de un cielo muerto (La Pereza Ediciones), su primera novela. Se tradujo al inglés con el título Night Has Fallen Here (Lazy Publisher, 2018). La gran demencia, su segunda novela, escrita con apoyo del Toronto Arts Council, saldrá en 2019. En el invierno de 2019 participará en una residencia de escritores en el Banff Centre for Arts and Creativity. Es becario del Toronto Arts Council y actualmente está escribiendo El tiempo, el lugar y nosotros, su tercera novela. Vive en Toronto, Canadá, con su esposa y sus dos perros.

Patricia Chung

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