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Lena Yau: Venezuela sabe a una piedra de mar

Lena Yau (Caracas, 1968) explicó a Qué Leer la diferencia entre gastronomía literaria y literatura gastronómica a propósito de su libro Bienmesabes.  Nos contó sobre cuáles autores tienen siempre presentes los platos venezolanos en sus obras. El verbo hábil de la poeta emerge desde el  fondo de su alma, “decodificando y recodificando a través de los alimentos”. Lena nos pasea por su visión del país que se entreteje con la esperanza y el orgullo. La también periodista y narradora radicada en Madrid, habla sobre los escritores que se quedan en Venezuela y los que decidieron emigrar.

Bienmesabes de Lena Yau.

Bienmesabes, tu más reciente libro. Cuéntanos de qué trata.

Bienmesabes es un libro que condensa 40 gastroficciones en las que se abordan la gastronomía, el erotismo, el humor negro y los recovecos que no conocemos de nosotros mismos, historias que se detienen y posan una lupa sobre aquellos esos puntos opacos del acontecer cotidiano que Georges Perec llamó “lo infraordinario”.

¿Qué son Gastroficciones?

Las gastroficciones son ejercicios de escritura. Comprenden lo poético y lo narrativo, son de extesión corta y media y giran alrededor de la ingesta y del universo alimentario. Textos que miran hacia lo que pasa antes, durante o después de la comida, de la cocina, de la alimentación.

Coméntanos sobre la invitación que te hizo el Instituto Cervantes sobre el  tema de  la gastronomía en la literatura.

 

El Instituto Cervantes tiene entre sus objetivos la promoción del idioma español y la difusión de la cultura de los países hispano hablantes. En ese sentido se programan actividades multidisciplinarias en las sedes que la institución tiene el mundo. La literatura y la gastronomía son expresiones de nuestra cultura y tienen mucho en común: ambas se mueven dentro de lo oral y de lo escrito, tienen a la palabra como base, conforman el acervo de sus países de origen, establecen fronteras permeables dentro de un paladar que son muchos paladares: saberes y sabores compartidos.
En ese marco he hecho dos trabajos para el Instituto: El sabor de la eñe y un ciclo de conferencias en las que trabajé la literatura asociada a la gastronomía.

 El sabor de la eñe es un glosario gastronomía y literatura.  Una edición no venal publicada en el 2011 que se distribuyó en 77 ciudades de 44 países en los cinco continentes.

El libro recoge la presencia de platos en las ficciones de autores hispanoamericanos.
El glosario se divide en cuatro partes, Entrantes, Platos principales, Postres y Bebidas y en ellas se lee el nombre del plato, la definición, el fragmento literario en el que aparece junto a la referencia bibliográfica y la receta.

En el primer volumen la gastronomía y la literatura venezolana están con los platos, las ficciones y los autores que siguen: empanada, Una larga fila de hombres de Rodrigo Blanco Calderón; pastelito de queso; Naturalezas menores de Antonio López Ortega, tequeño; Valle Zamuro de Camilo Pino, arepa; Ay que noche tan preciosa de Juan Carlos Chirinos, hallaca; Sumario de Federico Vegas, perico; Baruca de Numa Frías y batido de cambur, La mesa 5 quiere la cuenta de Roberto Echeto.

No es un libro gourmet. Es un glosario “golosario”. Un tesauro literario y gastronómico. Páginas llenas de letras saporíferas. Ventanas hacia mesas en las que se escribe y se come. Ojos hacia nosotros mismos.

El ciclo de conferencias se llamó “El sabor de la palabra”. En ellas hablé del vínculo que existe entre habla e ingesta, literatura y gastronomía.

Esas actividades incluían una parte teórica y otra práctica: después de escuchar la ponencia los asistentes asistían a una degustación de letras y sabores. Leían gastroficciones escritas por mí mientras comían los platos que aparecían en ellas.

Gastronomía literaria. ¿Es un género? ¿Quiénes son los autores más representativos?

La “Gastronomía literaria” más que un género, es el ejercicio culinario condicionado por lo literario o por la ficción escrita: platos inspirados en libros, en movimientos literarios, en géneros, en personajes, en historias narradas, en poemas.

O platos directamente extraídos del texto escrito.

Un chef que lee un libro y decide hacer una degustación a partir de lo leído.

Esa cocina puede ser temática (un menú inspirado en El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald) y verse en la forma (lo visual puede ser descriptivo) y en el fondo (el sabor y su evocación).

Una comida surrealista podría apuntar a la estética daliniana y a la ruptura de la secuencia habitual en mesa.

Una propuesta basada en un personaje puede extraer de la biografía del mismo (si se trata de un personaje histórico llevado a la ficción, El general en su laberinto de García Márquez, por ejemplo) o del libro en el que figura como carácter ficcional (el detective Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán), lo que se comía en la época que vivió o en la que está ambientado lo relatado.

Una propuesta gastronómica asociada a una novela o a un poema puede replicar su escritura y lectura con alimentos.

Hormigas en la lengua dio lugar a un helado de hormigas limoneras porque los hermanos Dahdah leyeron la novela y lo crearon en Fragolate.

Bienmesabes se hizo punto de partida de un proyecto sinestésico llamado Terra Candela que fusiona el grabado, los ajíes y la cocina. Los artistas de Terra Gráfica, Juan Montemayor de Ají Montemayor y el chef Daniel Torrealba de El Asador, leyeron las gastroficciones de Bienmesabes, cataron los ajíes, crearon una paleta de colores a partir de los mismos y se tradujeron los relatos en gráficas de colores picosos y en un menú cromático que cuenta las historias del libro.
Si hablamos de “Literatura gastronómica” tenemos el ejercicio inverso: el universo alimentario se lleva a la letra.

Desde el punto de vista verbal, todo contenido de transmisión oral y escrita que gire alrededor del universo gastronómico es literatura: los recetarios y manuales, los textos que recogen las biografías de los cocineros y restauradores, los diccionarios y glosarios culinarios, los libros de antropología e historia de la alimentación, las guías de restaurantes, las reseñas y críticas a platos y productos en publicaciones periódicas impresas y digitales.

También los que enfocan el tema de manera lateral: los diarios, los diarios de viajes, las crónicas de Indias, los textos sagrados, los libros que dan cuenta de la presencia de convites, banquetes y bodegones en la obra pictórica de un determinado artista, los estudios que analizan los usos y costumbres en la alimentación y la mesa y su evolución el en el tiempo, en fin, todo aquello que se centre en o rodee al alimento, a la mesa, a la cocina, a lo culinario, es literatura gastronómica.
A esto hay que sumar los trabajos de ficción: novelas, cuentos, poemas, micro cuentos, gastroficciones.
En estos trabajos, el discurso gastronómico puede ser central y descriptivo, soterrado y simbólico o una mezcla de lo evidente y lo cifrado.
En el primer caso se encuentran libros como Como agua para chocolate de Laura Esquivel,  El festín de Babette de Isak Dinesen, El Gourmet de Lu Wenfu.
En el segundo caso las novelas de Coetzee, de Herta Müller o la poesía de Juan Gelman.
Y en el tercer caso, Réquiem de Antonio Tabuchi, Una mosca en la sopa de Charles Simic y El Rodaballo de Gunter Grass.

¿Hay algún personaje literario con el que te hubiese gustado compartir una cena?

Comparto cena con los personajes literarios cuando leo las ficciones de las que forman parte. Me gustan en papel. Por otro lado no se me da bien compartir mesa. Suelo comer en compañía de gente a la que conozco bien, gente en la que confío. Me es muy difícil comer con desconocidos. Quizás de niña tuve la fantasía de compartir mesa con Mafalda: dos pequeñas que leían mucho y no se llevaban bien con la sopa.

¿Qué platos de la gastronomía venezolana han servido de inspiración en una novela?

No sé si un plato de nuestra gastronomía ha servido como tema central de una novela. Sé que muchos de ellos aparecen en novelas, cuentos y poemas. Hay autores en los que la comida siempre está. Juan Carlos Méndez Guédez, Miguel Gomes, Liliana Lara, Jacqueline Goldberg. Hay quienes la abordan desde otros ángulos: en la obra de Elisa Lerner la comida se presenta por el lado de la ingesta y sus consecuencias. Teresa de la Parra, Vicente Gerbasi, Ana Teresa Torres, Yolanda Pantin, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas…todos tienen alimentos en su escritura.

¿A qué sabría Venezuela ahorita si fuera una comida?

A una piedra de mar.

A algo que lija y esculpe, algo poroso, comunicante,  algo que contiene y que ha sido modificado por los cuatro elementos: tierra, mar, aire y fuego.

La Venezuela de estos momentos sabría a un plato hecho de una piedra marina perforada.

Me refiero al plato objeto.

Plato vacío en el que se lee la comida que alguna vez sostuvo y la comida que volverá a sostener.

Plato lleno de huequitos para vernos y para ver al otro.

Plato que resiste embates y que transforma la huella de los golpes en oráculo.

Plato horadado en el que se abre espacio a la palabra, a la identidad re-descubierta, a la re-mirada.

Sabor áspero que aterra y acoge, sabor de ida y de venida, sabor de tránsito difícil hacia un futuro lugar para todos.

¿Admiras a alguien en particular relacionado con el tema gastronómico?

Admiro a la mano que baja la maraca de cacao, a la señora que vende empanadas en su casa, al pescador que sale a faenar a diario, al hombre que tiene siglos obrando el milagro de tierra líquida llamado cocuy, a los cocineros que hacen alta cocina y a los que hacen cocina callejera, a los que enseñan a cocinar, a escribir comida, a leer sabores, a los que velan por el bagaje cultural que nos dice en la mesa, a los que miran a nuestro paisaje y lo transforman en helados, ajiceros, confituras, tabletas, bombones, quesos, embutidos, botarga, cerveza, ron, miche, a los que se meten en los ríos para salvar nuestras frutas amazónicas, a los que se fijaron una vez en la sarrapia y el lairén, a los que convocan y a los que van a los mercados, a los que cuidan el equilibrio observando la veda, a los que llevan a tinta y a caracteres a nuestros fogones y alambiques.

A todos los que insisten, resisten y se niegan a apagar la hornilla, a soltar la tecla, a guardar la cámara, a apagar el microfono, a parar las prensas.

A todos los que siguen haciendo comida y diciendo comida en Venezuela.

 

Has dicho que filtras la realidad a través de la comida. Explícanos.

Decodifico y recodifico lo que veo desde los alimentos.
La comida, la cocina, la mesa, las formas de comer, los vicios asociados a la ingesta, las fobias y las filias gastronómicas están en mis sueños, en mi imaginario, en mi manera de percibir.
Me detengo en detalles minúsculos, detalles aparentemente nimios que están llenos de significados.
El mantel es un lienzo, una fuente de historias, un punto  desde el que manan argumentos, formas de ver, personajes, torceduras.
Nos desnudamos con los cubiertos en la mano: en ese momento, el momento en el que se lleva el alimento a la boca, quedamos expuestos, vulnerables, sin disfraces.
Mi vista siempre se va a ese lugar.

Desde allí vivo y desde allí trabajo.

 

¿Cuál es el alimento más erótico que hayas probado?
La comida no es erótica per se.
Lo que para mí puede ser estimulante, para otro puede ser aborrecible.
El erotismo está en el deseo.
En la posibilidad de satisfacerlo.
En el lapso tenso, cálido, contenido que media entre deseados y deseadores: un rol doble porque ambas partes juegan.
La mesa y lo que ella sujeta son pretexto, reloj, hoguera, barricada a derribar.
Sabemos que mientras más estiremos el deseo y su concreción, mayor es el goce.
El camino y la meta son lo que llenan de erotismo a la comida.
Imaginar crudo y con un chorrito de limón al hombre con el que se comparte una cena, pensar en él como plato mientras tengo delante un manjar doble, lo que como y lo que probablemente comeré.
Ese es el alimento más erótico que quizás haya probado.

 

¿Hay algún plato que no comerías?

Platos asociados al chantaje, a la falta de ética, comidas ideologizadas, mesas que son propaganda.

¿Cuál es el plato que mejor cocinas?

Sólo cocino letras, líneas, páginas, libros.
Sé cocinar comida pero no suelo hacerlo.
Prefiero llevar los fuegos de otros al papel.

 

¿Qué debe enorgullecer al venezolano de su historia culinaria?

Tenerla.
Mantenerla.
Sostenerla.
Contarla.
Defenderla.
La historia culinaria de un país equivale a su voz, a su acento, a su idiosincrasia, a sus cicatrices.
Tenemos un cantado en sabores que suena a hospitalidad, a lucha, a persistencia, a buen hacer.
Una pertenencia que es mapa y es valija a la vez.
Orgullo de tierra, de cuna, de casa.
Amor a lo que somos.

En tu visita a Venezuela, ¿Qué te ha llamado la atención en cuanto al tema gastronómico?

Viajo a Venezuela dos veces al año y siempre me llama la atención lo mismo: la reacción a la merma de los recursos es una creatividad feraz.

A mayor cantidad de trabas, mayor es la entrega, mayor la mística con la que se trabaja, mayor el empuje.

Se sigue cocinando, se sigue inventando, se sigue emprendiendo, se sigue escribiendo, se sigue difundiendo lo que pasa en nuestras despensas, en nuestros fogones, en los calderos privados, públicos, urbanos, regionales, rurales, insulares.

Eso se traduce en una riqueza que nadie puede robar: más platos, más léxico, más ingredientes se suman a lo que existía previamente.

Lo que desapareció del plato se sigue nombrando, se reinventa, se reelabora.
La tenacidad, el cuidado del producto, la vuelta al vergel, al entorno.

La cocina y su rostro de letras no se rinden.

¿Qué es lo más difícil para un escritor que se queda en Venezuela? ¿Y para uno que emigra?

El escritor que se queda padece las dificultades de vivir en un país al que ama pero que está sometido por una tiranía, sumido en una crisis profunda, un país desabastecido, sin garantías, sin seguridad, sin alimentos, sin medicinas, sin derechos básicos y sin libertades fundamentales.

Un país con la palabra amenazada, con el discurso secuestrado.

Escribir sin papel, sin tinta, sin luz, sin agua, añade trabas a un oficio que no es sencillo.

No se trata solo de escribir sino de ser publicado y leído. A pesar de la hiperinflación, las librerías y las editoriales siguen, insisten, no cejan, aunque continuar signifique un esfuerzo titánico.

El escritor que emigra enfrenta el vacío. Es un vacío en el país que dejó. Llegar al país de arraigo es aterrizar en un vacío. A eso hay que sumar las dificultades propias de la adaptación y del oficio.

Creo que lo más difícil para un escritor que se queda en Venezuela es ganar el pulso ante la idea de irse y lo más difícil para un escritor que emigra es ganar el pulso ante de la idea de volver.
Ambos comparten la misma dificultad: vivir haciendo equilibrio sobre una cuerda paralela al horizonte.

Fotógrafo: Emilio Kabchi

Por Patricia Chung

 

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