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Rafael José Díaz: sin leer reinarán las fake news

Rafael José Díaz

Uno de los invitados internacionales a la Feria del Libro del Oeste de Caracas 2018 es el poeta, profesor, traductor, Rafael José Díaz (Tenerife, 1971).

En entrevista a Qué Leer manifestó su gusto por la poesía venezolana, también nos contó sobre las actividades que realizará en la Feria.

El escritor dijo, entre otras cosas, por qué considera a  la inmigración como un proceso trágico, su curiosa obsesión por la ceguera y su decepción por la juventud que ha perdido el interés en la lectura.

Primera vez que vienes a Venezuela. ¿Qué autores venezolanos has leído? ¿Te gusta alguno en particular?

He leído sobre todo a los poetas, pero también a narradores como José Balza y Antonio López Ortega y a ensayistas como Gustavo Guerrero o Ana Nuño. Entre los primeros, creo que fue Eugenio Montejo el primer poeta venezolano al que leí. De él me hablaba José Bento, buen amigo y poeta portugués, que trató mucho a Montejo cuando este vivía en Lisboa. Curiosamente, luego leí a los poetas jóvenes antes que a los mayores: Luis Pérez Oramas, la propia Ana Nuño, Rafael Castillo Zapata. Vino después el gran Rafael Cadenas, a quien homenajea la Feria del Libro del Oeste de Caracas este año. Me identifico en gran medida con su poesía sin aspavientos, concentrada en los detalles mínimos que tanta importancia, sin embargo, tienen en una vida frenética como la que se nos obliga a llevar hoy en día. Ahora mismo estoy releyendo a Yolanda Pantin y a Ígor Barreto. He leído poco a los narradores. En este viaje quiero traerme las obras de Salvador Garmendia, Osvaldo Trejo, Fedosy Santaella, Alberto Barrera Tyszka…

¿Por qué es importante este intercambio cultural  entre España y Venezuela?

Creo que dos naciones hermanas como España y Venezuela deben estar en permanente contacto. A pesar de los avatares políticos de ambas, la cultura tendría que estar salvaguardada porque es en ella donde reside la auténtica altura moral de los pueblos. Y la cultura es, sobre todo, intercambio, diálogo, flujo de ideas, de palabras, de imágenes. Pesa a la cercanía cultural y al vínculo histórico, creo que nos conocemos poco entre nosotros los españoles y los venezolanos. Y encuentros como el que posibilita esta Feria son fundamentales para saber quiénes somos, qué tenemos en común, a partir de qué presupuestos puede establecerse el diálogo.


III Feria del Libro del oeste de Caracas 2018

Naciste en Tenerife y actualmente hay muchos venezolanos que han emigrado a la tierra de sus ancestros. ¿Qué opinión te merece ese proceso, desde el punto de vista cultural?

La emigración canaria a Venezuela ha sido, quizá, junto al desarrollo del turismo en los años sesenta del pasado siglo, el acontecimiento fundamental de la historia de Canarias en la posguerra. Toda emigración es trágica, pues se deja atrás una memoria, unos lugares, tumbas junto a las que se lloraba y afectos que constituían el ser más íntimo del transterrado. Asistir a la emigración venezolana a Canarias, al regreso de muchos canarios que residían en Venezuela desde hacía décadas o al de sus hijos y nietos, es doblemente duro para nosotros, los canarios, pues nunca dejamos de acordarnos de las condiciones en que nuestros padres o abuelos dejaron estas Islas: represión franquista, hambrunas, pobreza, falta de horizontes. Es como si la pesadilla de la historia se mordiera la cola. En medio estamos todos, somos otros y somos los mismos.

Traes una charla sobre poesía española contemporánea. Me gustaría saber quiénes son los poetas más destacados y qué caracteriza a este género en hoy en día.

En mi charla hablaré sobre todo de las distintas “corrientes” o “posturas” que ante el hecho poético se han producido en España en los últimos veinte años. En realidad, he trabajado sobre autores de mi generación y de las posteriores, incluso la más reciente. Ha habido un gran impacto de las nuevas tecnologías, un auge de la poesía escrita por mujeres, una pluralidad (o eclecticismo) que antes no era tan marcada, un grado de experimentación y riesgo desconocido en las promociones poéticas anteriores. Todo esto, por supuesto, afecta a lo que considero poesía de calidad, pues luego están los subproductos comerciales, como la llamada “poesía postadolescente”, que, en mi opinión, no tienen ningún interés desde el punto de vista literario, aunque constituyan un fenómeno fascinante desde la óptica sociológica o cultural. Hay muchos poetas destacados. A nombres como Ada Salas, Vicente Valero, Mario Míguez o Bruno Mesa, entre los de mi generación, y Lola Nieto,  Pablo Fidalgo Lareo, Sara Torres o Miguel Pérez Alvarado, entre los de generaciones posteriores, podrían añadirse otros muchos. La poesía española de las últimas dos décadas es rica, plural y transgresora, pese a que desde Latinoamérica (lo comprobé en un viaje reciente a Chile) se la contemple como anclada en el pasado, tradicional y sin demasiado interés.

Eres traductor literario con una amplia obra. ¿Cuántos idiomas hablas?

Viví cinco años en Alemania, donde aprendí el alemán (un idioma que nunca se aprende bien del todo…). En la Universidad de La Laguna aprendí el francés, que es la lengua de la que más he traducido. Me he atrevido, pese a mi relativo desconocimiento –suplido con diccionario y entusiasmo– con el italiano, el catalán y el portugués, pero estos no son idiomas que hable, sino que, por su cercanía con el castellano, permiten acceder a los textos sin demasiada dificultad. En cuanto al francés, he traducido sobre todo a autores suizos francófonos. En la Escuela de Letras de la UCAB daré el martes 27 una charla sobre la poeta suiza Anne Perrier, a la que estoy traduciendo ahora mismo.

¿Crees que el traductor se convierte un poco en el autor que traduce? ¿O es al revés y más bien le imprime su  propia personalidad al texto?

Es un proceso de ósmosis en el que ambos fenómenos ocurren. El traductor es una especie de médium. A través de él –o de ella– un texto se convierte en otro. Hay algo de magia, de milagro, de revelación, de metamorfosis en todo este proceso. Desde luego, me refiero sobre todo a la traducción de poesía, que es la que más cerca se encuentra de la creación propiamente dicha. El traductor se pone la máscara del autor al que traduce, debe incorporarse al texto, entrar en él como por un acceso clandestino, ocuparlo como si fuera un intruso y, una vez dentro, trabajar en su interior como en una fragua, con los materiales que el propio texto le proporciona, pero fundiéndolos con otros que el traductor empieza a aportar, los de la lengua de llegada, las palabras que va encontrando para transformar lo que vio en el interior del texto original. Por supuesto, esa ocupación implica que el intruso, el traductor, imprime su carácter, su estilo, su propia cosmovisión a lo traducido. Es necesario encontrar un equilibrio.

¿Cómo abordar tu poesía? ¿Se te puede leer desde lo convencional?

Cada lector es libre de acercarse a los poemas desde su propia sensibilidad. Hay momentos en los que la poesía se necesita como agua de mayo y hay otros en que incluso nos molesta o preferimos el silencio o la música. En cualquier caso, creo que la poesía está en las antípodas del lenguaje convencional. La convención –o la lectura desde lo convencional– la destruye, la aplana, hace de la poesía una mera transmisión de sentido carente de toda la sugestión, la musicalidad, el misterio o la revuelta que le son inherentes. La poesía busca destruir la mirada común e instaurar una especie de periscopio desde el que mirar a través o por encima o más allá o por detrás de lo visible.

¿Cuál es la relación entre tu libro de poemas Los párpados cautivos (2003) y El interior del párpado (2014), tu primera novela? ¿Es acaso la búsqueda interna de las propias respuestas?

Hay una idea para mí obsesiva, en algún lugar lo he dicho, que es la del umbral, la de los intersticios o pasadizos entre lo de fuera y lo de dentro. El párpado es un umbral, el más delicado de todos. Entre ver y no ver anda el juego. Siempre he sentido gran curiosidad, desde adolescente, por el mundo de la ceguera. En mi primera estancia en Madrid vivía cerca de una institución de invidentes y por la calle me cruzaba a veces con más ciegos que videntes. Intentaba imaginarme por entonces cómo era su mundo. De un modo extraño, incorporé a mi mirada una especie de ceguera que a partir de entonces me acompañó y que posteriormente, en Alemania, donde escribí la mayor parte de los poemas de Los párpados cautivos, identifiqué con la nieve, la ceguera blanca. La nieve era para mí una oportunidad para lavar la mirada. Muchos años después, de regreso en Madrid, me vi escribiendo unos fragmentos que no estoy seguro de poder llamar novela y que quise titular El interior del párpado por lo siguiente: hablan de un periodo de depresión, de volcado radical en los laberintos interiores, y ese abismo de la introversión, carente de interlocutores, tras una pérdida amorosa de la que no estaba seguro de poder recuperarme, se me pareció a lo que se percibe cuando la mirada queda obturada. Hay en esos momentos una sensación de asfixia que se traslada incluso a lo visual: lo que vemos nos agobia y preferimos cerrar los ojos, no salir de casa, escribir con las ventanas cerradas fragmentos obsesivos, día tras día, sin descanso, como el chamán que ha perdido el aliento y busca recuperarlo tumbándose boca abajo contra el estiércol. Son párpados diferentes los de un libro y los de otro, pues distintas son las épocas, las experiencias desde las que se escribieron. Pero la idea de que es en esos límites entre afuera y adentro donde se accede a cierta respuesta interior, siempre precaria, está presente en ambos libros.

Viendo tu cuenta de Twitter, leía tu decepción porque no existe en Tenerife una casa-museo de escritores o artistas. Nos puedes hacer un comentario al respecto.

No sé si el asunto puede interesar a los lectores venezolanos, pero lo contaré: en la isla vecina, Gran Canaria, el Cabildo Insular dispone de varias casas-museo con programaciones culturales de gran interés: la Casa-Museo Pérez Galdós, la Casa-Museo Tomás Morales, la Casa-Museo León y Castillo, la Casa-Museo Antonio Padrón y la Casa de Colón. En Tenerife, en cambio, una isla de igual importancia económica, cultural y demográfica que Gran Canaria, el Cabildo Insular no ha abierto jamás una casa-museo. En Tenerife nacieron José de Anchieta, Viera y Clavijo,  Nicolás Estévanez o grandes escritores de las vanguardias como Agustín Espinosa o Domingo Pérez Minik. Me consta que existen las casas natales o casas que habitaron algunos de estos escritores (por no hablar de los pintores), pero la máxima institución insular no hace absolutamente nada en favor de la literatura. Es más: desde hace años cerró incluso su servicio de publicaciones. Es una situación lamentable, pues no existen apenas lugares destinados a encuentros literarios. Los pocos que hay son privados y disponen de escasos presupuestos para organizar eventos de calidad.

Las redes sociales han impulsado la difusión de la poesía. En tu caso, ¿para qué usas las redes sociales?

Las uso sobre todo para estar informado y para informar. Difundo actividades, propias o ajenas, y comparto lo que me parece interesante. En otra época abrí un blog, titulado ‘Parodias y profanaciones’, en el que polemicé, desnudé a algunos emperadores –vacas sagradas de nuestra literatura que son veneradas sin el más mínimo sentido crítico–, satiricé nuestras más inveteradas costumbres literarias o remedé estilos, con el enfado ciclópeo pero comprensible de los emperadores, las vacas sagradas y toda clase de eruditos a la violeta que se sintieron ofendidos. Acabé cerrando el blog, pues la parodia, para la que un buen amigo me dice estar dotado, no es en el fondo el género que más me interesa. Hoy en día apenas polemizo en las redes –algún ramalazo queda. Nunca he exhibido demasiado mi vida privada. Últimamente he descubierto una faceta de fotógrafo viajero y aficionado que Twitter me permite compartir. No tengo Instagram, que sería, quizás, la red más apropiada para ello.

Realizas una importante labor docente. ¿Cuál es tu impresión sobre las nuevas generaciones y su interés por la lectura y la escritura?

La respuesta a esto temo que deba ser algo demoledora, pero no exenta de esperanza. La mayoría de los jóvenes ha perdido interés en la lectura, pues las redes sociales, los videojuegos e internet en general ocupan gran parte de su tiempo libre. Los libros les resultan complejos y aburridos. Cuanto menos leen, más les cuesta comprender, por lo que se trata de una pescadilla que se muerde la cola y que amenaza con llevarnos a un grado cero de la lectura, es decir, a una sociedad hiperconectada, nativa digital, pero potencialmente analfabeta y, lo que es peor, manipulable, crédula, gregaria. Caldo de cultivo para los totalitarismos, del signo que sean (todos son execrables). Un desierto en el que reinarán la posverdad y las fake news. El atisbo de esperanza aparece cuando vemos el surgimiento de nuevas editoriales que están reinventando las formas de lectura: la incorporación de ilustraciones de gran interés, los formatos alternativos, el propio ebook, la posibilidad de leer no sólo libros sino blogs, webs, etc., e incluso el fenómeno de los booktubers, reseñadores de libros a través de Youtube con miles de seguidores entre los adolescentes (algunos son casi estrellas mediáticas).

Libro Rafael José Díaz

Dos o tres labios (2018) es tu publicación más reciente. ¿De qué trata?

Aunque publicado hace unos meses, este libro se escribió entre 1998 y 2006, pues se trata de los diarios de esos años: los dos últimos que pasé en Alemania, concretamente en Leipzig, como lector de español, y los seis que pasé en Gran Canaria una vez que obtuve mi plaza de docente y fui destinado al instituto de educación secundaria de Carrizal, una localidad del sureste de esa isla. Se trata, además, de la última entrega de mis diarios. Ya había publicado tres anteriores y con Dos o tres labios termina un ciclo de escritura que no he vuelto a retomar. A partir de mi marcha a Madrid, en 2007, dejé de escribir diarios, aunque ese tipo de escritura fragmentaria, inmediata, en cierto modo ligera o en todo caso meramente esbozada, sugerida, reapareció en el blog que inicié en 2010, ‘Travesías’, y que aún mantengo . En Dos o tres labios hay viajes, erotismo, epifanías, lecturas, reflexiones, encuentros, apuntes. Es una especie de conglomerado de una vida que nunca fue demasiado ordenada –y que se ha vuelto aún más desordenada con el paso del tiempo– y que periódicamente recurría al diario, a la escritura, para remansarse, como esas aguas turbulentas que de vez en cuando se amansan y entonces el tiempo transcurre de otro modo, más amable, menos amenazador.

Dedica a nuestros lectores alguno de tus poemas.

Con mucho gusto. Aquí va un poema que escribí el año pasado pero que habla de una experiencia de cuando yo tenía veintipocos años. Creo que representa bien mi poesía reciente y espero que les guste a los lectores de la revista. No quiero despedirme sin agradecer de corazón el interés que me has brindado y la confección de un cuestionario tan sugestivo y documentado.

Viajero solo en un vagón de metro 

¿No nos desharemos nunca

de esta ventriloquia febril

que comenzó en aquel amanecer

de puntos blancos, como troneras

abiertas por las que, disparada,

la flecha de los ojos alcanzaba otro cuerpo

escondido en la sombra,

al otro lado de la inmovilidad?

Y ese otro lado, en el que el desvío

de las voces comenzó a maldecirnos,

¿nos trajo alguna vez sosiego,

una migaja de otredad que llevarse a la boca,

o era tan sólo un espejo de lo más oscuro dentro de nosotros

lo que nos lanzaba a mirar

casi sin ojos ya, sedientos

de la caída en el hueco

de lo que no parecía

ser apenas nosotros?

El mundo no era entonces

demasiado compacto, y atravesar

la noche en un vagón de metro

era una aventura plácida, al alcance:

no haber dormido,

por razones ya olvidadas,

la noche anterior, tampoco era un obstáculo

para percibir lo que nos rodeaba

como el comienzo de un viaje

a través de innumerables voces.

Y pese a que aquellas voces, ya entonces,

escondían matices que hubieran debido hacernos sospechar,

nos podía la sed, el vaciamiento, algo

parecido a un silencio

que encontrábamos ajeno a lo que conocíamos

y nos desfiguraba y nos volvía

personajes de nosotros mismos.


Rafael-José Díaz

(Tenerife, 1971) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna. Entre 1995 y 2000 fue lector de español en las universidades de Jena y Leipzig (Alemania). Actualmente es profesor de instituto en Tenerife. Es autor de siete libros de poemas, el último de los cuales, titulado Un sudario, apareció en Pre-Textos en 2015. Ha publicado cuatro entregas de su diario, el libro de ensayos Rutas y rituales, los conjuntos de relatos Algunas de mis tumbas y El letargo, la novela El interior del párpado y una recopilación de textos en prosa titulada Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta. Igualmente, ha dado a conocer traducciones al español de autores como Arthur Schopenhauer, Philippe Jaccottet, Hermann Broch, Pierre Klossowski, Gustave Roud, William Cliff o Maurice Chappaz. En su blog “Travesías” publica desde 2010 relatos, apuntes, aforismos y ensayos.

Patricia Chung

Fotografía Rafa Moreno

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