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Reseña “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda

Un viejo que leía novelas de amor de Luis Sepúlveda

Un viejo que leía novelas de amor. Antonio José Bolívar Proaño vive en El Idilio, un pueblo remoto en la región amazónica de los indios shuar (llamados  jíbaros), ellos le enseñaron a  conocer la Selva y sus leyes, a respetar a los animales y los indígenas que la pueblan, pero también a cazar el temible tigrillo como ningún blanco jamás pudo hacerlo.

Esta trama de apariencia sencilla pero con un profundo significado, logró que el escritor chileno Luis Sepúlveda, recientemente fallecido en Gijón, España, conquistara a los lectores en el mundo entero.

Un viejo que leía novelas de amor fue publicada en el año 1988. Su éxito fue inmediato,  se tradujo a 60 idiomas y se vendieron  18 millones de ejemplares. Esta novela fue llevada al cine con guion del propio escritor, bajo dirección del australiano Rolf de Heer e interpretada por Richard Dreyfuss. Recibió el Premio Tigre Juan (Oviedo, 1989).

La inspiración de Sepúlveda se originó en una expedición de la UNESCO para estudiar el impacto ambiental de la colonización en los indígenas Shuar. Allí conoció a Miguel Tzenke, síndico shuar de Sumbi en el alto Nangaritza y gran defensor de la amazonia. Él le contó narraciones llenas de magia que le sirvieron para construir esta historia.

El personaje central  es el viejo Antonio, honesto, sencillo, solo, viudo,  sin mayores aspiraciones. Su solitaria existencia en un lugar inhóspito era posible gracias a los indios shuar. Ellos le enseñaron el arte de convivir con la selva.

La vida en la selva templó cada detalle de su cuerpo. Adquirió músculos felinos que con el paso de los años se volvieron correosos. Sabía tanto de la selva como un shuar. Era tan buen rastreador como un shuar. Nadaba tan bien como un shuar. En definitiva, era como uno de ellos, pero no era uno de ellos”.

Un viejo que leía novelas de amor cuenta cómo la llegada de colonos con falsas  promesas de desarrollo fue afectando la vida en la selva. Cometieron asesinatos como el de Nushiño  el indígena shuar amigo de Antonio. Muchos de estos cazadores morían porque no estaban preparados para enfrentar ciertos peligros, especialmente el que representaban los animales salvajes.

La tigrilla era un animal hembra que merodeaba  por la selva luego de que un cazador norteamericano matase a sus crías e hiriera al macho. Por su instinto animal esta comete una serie de asesinatos que la convierten en el objetivo de una cacería organizada por el alcalde, a quien  le decían la babosa porque era gordo, sudaba demasiado y cobraba impuestos excesivos al pueblo.

—Puedes negarte a participar en la cacería. Estás viejo para semejantes trotes.

—No lo crea. A veces me entran ganas de casarme de nuevo. A lo mejor en una de ésas lo sorprendo pidiéndole que sea mi padrino.

—Entre nosotros, ¿cuántos años tienes, Antonio José Bolívar?

—Demasiados. Unos sesenta, según los papeles, pero, si tomamos en cuenta que me inscribieron cuando ya caminaba, digamos que voy para los setenta.

Antonio Proaño es convocado para integrar esta misión por su conocimiento de la selva. Sin embargo él solo quería terminar esta tarea lo más pronto posible porque quería seguir leyendo novelas de amor en la soledad de su choza frente al río Nangaritza.  Dos veces al año el  dentista Rubicundo Loachamín le llevaba novelas “para distraer las solitarias noches ecuatoriales de su incipiente vejez”.

Antonio José Bolívar Proaño sabía leer, pero no escribir. A lo sumo, conseguía garrapatear su nombre cuando debía firmar algún papel oficial, por ejemplo en época de elecciones, pero como tales sucesos ocurrían muy esporádicamente casi lo había olvidado. Leía lentamente, juntando las sílabas, murmurándolas a media voz como si las paladeara, y al tener dominada la palabra entera la repetía de un viaje. Luego hacía lo mismo con la frase completa, y de esa manera se apropiaba de los sentimientos e ideas plasmados en las páginas”.

Leer a Sepúlveda es fascinante, su lenguaje cristalino, escueto y preciso nos narra  las aventuras y las emociones del viejo Bolívar Proaño. El mensaje de amor por la naturaleza, del respeto que se le debe guardar a la selva amazónica prevalece. Un viejo que leía novelas de amor nos dice que la ambición de conquistar, de alterar el equilibrio de la naturaleza,  tiene sus consecuencias.

Al final de la celebración bebió por primera vez la natema, el dulce licor alucinógeno preparado con raíces hervidas de yahuasca, y en el sueño alucinado se vio a sí mismo como parte innegable de esos lugares en perpetuo cambio, como un pelo más de aquel infinito cuerpo verde, pensando y sintiendo como un shuar, y se descubrió de pronto vistiendo los atuendos del cazador experto, siguiendo huellas de un animal inexplicable, sin forma ni tamaño, sin olor y sin sonidos, pero dotado de dos brillantes ojos amarillos.

Antonio  es un personaje conmovedor, nos muestra cómo la edad no es impedimento, se puede seguir soñando  y aprendiendo de la vida. Leer le cambió la vida a Antonio, lo hizo soñar, vivir realidades diferentes a la suya, le enseñó nuevas palabras y lugares que no conocía.

Sabía leer. Fue el descubrimiento más importante de toda su vida. Sabía leer. Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Sabía leer”.

Leer a Luis Sepúlveda es una maravillosa experiencia, al final, se siente un agradecimiento profundo, una sensación de paz y respeto por la vida.

Era un ruido vital en medio de la oscuridad. Era como dicen los shuar: «De día, es el hombre y la selva. De noche, el hombre es selva».

“Los pobres lo perdonan todo, menos el fracaso”.


Vas a volar. Todo el cielo será tuyo. Adiós a Luis Sepúlveda

Patricia Chung

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