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Sobre El diario de Ana Frank

Sobre El diario de Ana Frank

Sobre El diario de Ana Frank

Diajanida Hernández

«Me es imposible expresarme de veras

y me siento interiormente abotonada».

Anna Frank

«Me doy cuenta de que dondequiera

que haya seres humanos, hay vida».

Etty Hillesum

Leí un artículo del diario El País de España sobre una carta olvidada de Ana Frank que comenzaba con esta dura afirmación: “Ana Frank muere todos los días. Basta que alguien la nombre, lea o simplemente se quede mirando su sonrisa adolescente para que la historia se vuelva una puñalada y traiga a la memoria el horror sin fin de Auschwitz y Bergen-Belsen”.  Perpleja, repasé varias veces aquellas palabras que, me parece, no dan cuenta de la naturaleza del gesto de nombrar, mirar y recordar y, mucho menos, de lo que Ana Frank y su diario pueden significar para los lectores y la historia misma. Anna Frank no muere todos los días.

***

El 12 de junio de 1929 nació Anna Frank. Esto quiere decir que el miércoles de esta semana hubiera cumplido 90 años y hoy estamos acá para celebrar su aniversario. Para celebrar la vida de una joven alemana, residenciada en Holanda, que dejó para la historia uno de los testimonios que conforman la memoria de uno de los episodios más terribles que ha vivido el hombre. El diario de Ana Frank fue publicado por primera vez en 1947, en Holanda, con el nombre de El anexo secreto y un tiraje de 3.000 ejemplares; cinco años después, en 1952, fue publicado en Estados Unidos como el Diario de una joven muchacha; hoy el diario ya suma traducciones a más de 70 idiomas, adaptaciones al teatro, musicales, películas.

El diario que Ana Frank escribió entre el 12 de junio de 1942 y el 1° de agosto de 1944 tiene cuatro versiones: la A, que es el original, sin cortes; la B, una versión revisada por la misma Ana; la C, la editada por su padre en 1947; y la D, la versión ampliada, sin cortes, lanzada en 1995. Lo que hoy conocemos como El diario de Ana Frank en realidad es un legajo compuesto por un diario, dos cuadernos y un grupo de más 300 hojas de colores sueltas en las que Ana escribió sus vivencias, pensamientos y emociones. En su cumpleaños de 1942, un poco antes de irse a esconder en el anexo ubicado en el centro de Ámsterdam, en la calle Prinsengracht, Ana recibió entre sus regalos un diario con tapa de tela de cuadros rojos y blancos que, como ella misma cuenta en la primera entrada del libro, fue el primero que vio y el mejor presente que recibió. Ana era lectora y le gustaba escribir, de hecho quería ser escritora y periodista, podemos imaginar por qué consideró aquel cuaderno como el mejor regalo, pero con el paso de los días escondida en el anexo ese obsequio tomó otra dimensión.

El diario de Ana Frank se inserta en un gesto memorioso de jóvenes de ambos sexos, que, desde distintos países (Alemania, Austria, Holanda, Polonia, Lituania, Letonia, Rusia, Rumania, Hungría) llevaron diarios de los años de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. En los más de 75 diarios que se contabilizan se encuentra las voces de muchachos refugiados o viviendo en la clandestinidad, en fuga o recluidos en guetos; algunos incluso sobrevivientes. El grupo está conformado por jóvenes de distinta procedencia, de distintos niveles económicos, de distinta relación con su religión y cultura pero que comparten el hecho de ser la voz de gente común que vivió una guerra. Entre esos otros diarios podríamos recordar los de Etty Hillesum, joven judía holandesa de 27 años que registró sus vivencias entre 1941 y 1943 hasta unos meses antes de su muerte en Auschwitz.

*** Sobre El diario de Ana Frank

El diario de Ana Frank es un documento literario e histórico. Este libro fue escrito, como ya dije, por una joven lectora que, por las mismas lecturas, tenía conciencia de la escritura, del acto de escribir y tenía una necesidad expresiva. Esa conciencia de la escritura se percibe desde las entradas iniciales del diario. Ana escribe el 20 de junio de 1942: “no he anotado nada durante un par de días, pues quise reflexionar sobre el significado y la finalidad de un diario en mi vida.  Me causa una sensación extraña el hecho de comenzar un diario. Y no solo por el hecho de que nunca había escrito. Supongo que más adelante ni yo ni nadie tendrá algún interés en los exabruptos emocionales de una chiquilla de 13 años. Pero eso en realidad poco importa. Tengo deseos de escribir y, ante todo, quiero sacarme algún peso del corazón”. Esta niña de 13 años sabía qué implica eso de un diario de vida y que escribir el género que sea tiene unas reglas y debe tener una estructura. Quizás por ello en la segunda entrada del diario Ana hace una pausa en ese reconteo diario de acontecimientos, emociones y pensamientos para darnos un contexto de su texto: ella nos cuenta de su familia, de su vida, explica cómo llegó allí, al anexo secreto. Una vez hecho eso, ella sigue su narración.

Para estructurar su relato y testimonio, Ana escogió la forma epistolar del diario y toma un personaje de una de sus lecturas, la serie de libros Joop ter Heul, y lo transforma en su amiga y destinataria de las misivas. Me refiero a Kitty, a la querida Kitty. Pero como toda lectora y aspirante a escritora, Ana va más allá y expande su universo de amigos y destinatarios: Pop, Phien, Conny, Lou, Marjan, Jetty, Emmy y Jacqueline; su grupo de amigos producto de la mezcla de realidad e imaginación. Se dice que Ana pudo haber tomado la forma de carta para su diario de esa misma serie de libros Joop ter Heul. Fíjense que nuestra autora estaba haciendo lo que todo escritor debe hacer cuando comienza: leer, fijarse bien en lo que lee, tratar de aprender de los autores, copiar y apropiarse y comenzar a ensayar para hallar su propio estilo. En el trayecto de la escritura de este testimonio Ana confesará que le gustaría ser periodista y escritora y encuentra un estímulo adicional en el llamado que hizo por radio el gobierno holandés para contar y recoger los testimonios de la guerra; a partir de ese momento, Ana comienza a reorganizar su diario, a armar la versión B del diario. El 11 de mayo de 1944 anotó: “después de la guerra quiero publicar un libro con el título La casa de atrás“.

Detengámonos en eso de la necesidad expresiva de Ana. Nuestra lectora que quería escribir, que se preguntaba por el significado de llevar un registro escrito de sus días. El empeño de Ana por escribir y leer (sabemos por el diario que no paró de leer y estudiar durante los días que pasó escondida) respondió también al sentimiento de soledad de Ana y a la necesidad de comprender lo que le estaba sucediendo: se trataba de una adolescente, escondida en medio de una guerra para intentar salvar su vida. Ella escribió el 10 de junio de 1942: “por fin he encontrado un momento de tregua para contarte todo esto y para darme cuenta también de lo que ha sucedido y de lo que puede ocurrir todavía”. Ana quiere escribir, quiere contar, quiere trabajar la soledad y quiere comprender.

En este contexto la idea del diario encaja muy bien y qué oportuno ese regalo. Un regalo además, que responde a una vieja tradición, a los jóvenes se les daba como obsequio diarios. Esta costumbre puede estar emparentada con una viejísima práctica que comenzó con los griegos y que el filósofo francés Michel Foucault llamó como tecnologías del yo. Es decir, esas formas que usamos para hablar de sí mismo, cuidar de sí mismo y conocerse a sí mismo. Es una forma de autorreconocimiento, de autopercepción y de construcción de identidad. Se trata de examinar la vida cotidiana a través de la escritura para buscar respuestas a asuntos profundos del ser; es una práctica de conocimiento, de aceptación, de adaptación que, repito, busca construir la identidad. El diario, la confesión, la epístola, la crónica son parte de los géneros propicios para el desarrollo de las tecnologías del yo. Regalarle un diario a alguien, y más a un adolescente, es darle una herramienta de autoconocimiento, un camino para comprender(se) en relación con su entorno y construir identidad. Y eso está en el libro de Ana Frank. Con la lectura estamos siendo espectadores de ese proceso. Ana está intentando desabotonar su interioridad.

Unido a estos asuntos de atender la necesidad expresiva, combatir la soledad, comprender e iniciar el camino al autoconocimiento, Ana nos relata el día a día del grupo que estaba allí, la parte humana (en unas condiciones extremas claro): nos cuenta de las relaciones, de las dinámicas diarias, las costumbres, las peleas, los acuerdos, los momentos felices, los difíciles, sus descripciones y comentarios nos permiten conocer a los habitantes del anexo secreto y a los amigos que los ayudaron; nos habla de la rabia, el dolor, el amor, el rencor, el bien, el mal, la soledad, la alegría, la solidaridad. Y de un amplio catálogo de asuntos que tienen que ver con la naturaleza humana.

El diario de Ana Frank es también un documento histórico porque constituye un testimonio, es parte de la memoria de un momento medular de nuestra historia. No sólo porque nos dice de lo que implica vivir escondido, tener que huir, padecer la guerra, ser perseguido, sino porque también es parte de las voces de la gente común, de la microhistoria; esta no es la voz del poder ni de los vencedores. Es el relato que no nos permite olvidar, que nos impele a recordar.

Lo más hermoso de este documento histórico y literario es lo que finalmente retrata o donde pone el peso y que es producto de la mirada de quien escribió. El diario de Ana Frank es un testimonio de la vida y de la libertad. Ella no se enfocó en lo cruel, en el horror, en el padecimiento, en lo difícil. Al contrario, hizo un esfuerzo por aferrarse a lo opuesto a todo eso. Por eso siguió leyendo y escribiendo. Leemos en unas de las entradas: «Las personas libres jamás podrán imaginar lo que los libros significan para quiénes están escondidos». Ana nos muestra que escribir y leer, que finalmente decanta en pensar, son dos de los más poderosos gestos de libertad y resistencia.

En otras entradas dijo: «Es difícil en tiempos como estos pensar en ideales, sueños y esperanzas, sólo para ser aplastados por la cruda realidad. Es un milagro que no abandonase todos mis ideales. Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón» o «No pienso en la miseria sino en la belleza que aún permanece». Ana, al igual que Etty Hillesum, vio que aún en medio de las circunstancias más adversas y terribles hay belleza, hay amor, hay solidaridad, hay una sonrisa, hay compasión. Hay vida. Su testimonio no se trata de la muerte, se trata de la vida. Por ello, ni cuando la nombran, ni cuando la leen, ni cuando la miran muere. No, Anna Frank no muere todos los días.


Palabras escritas y leídas por Diajanida Hernández en el evento Ana Frank más vigente que nunca, organizado por QuéLeer y el Instituto Goethe. Caracas, 15 de junio de 2019.

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