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Yolanda Guerrero: La historia ha cometido injusticia con las mujeres

Yolando Guerrero

En su novela Mariela, la escritora Yolanda Guerrero lucha por reivindicar a las mujeres valientes de la historia. Su pluma feminista ha rescatado del olvido a las sacrificadas enfermeras de la Primera Guerra Mundial.

En entrevista a Qué Leer, Yolanda, como periodista de larga experiencia comenta el laborioso proceso de investigación que siguió para escribir este libro. Para ella, no debería existir hoy en día algo “tan anacrónico, machista y desfasado como la literatura femenina”.

Mariela de Yolanda Guerrero

Preséntanos a Mariela. Cuéntanos de qué va tu más reciente novela.

Mariela es la historia de una enfermera española que, como muchas otras en toda Europa, luchó a comienzos del siglo XX contra los monstruos de aquel momento: la Primera Guerra Mundial y la mal llamada gripe española, entre otros. Pero he intentado que fuera algo más que una novela de ambiente histórico. En Mariela he querido representar la historia de muchas, muchísimas mujeres que en aquellos años salvaron el mundo. Mientras los hombres se mataban en las trincheras y morían víctimas de epidemias, ellas hicieron de todo, desde estibar en los muelles, conducir tranvías y fabricar balas, hasta encender la mecha de la revolución clamando contra la guerra y pidiendo pan para sus hijos en países como Alemania y Rusia. De eso he escrito en Mariela: de las mujeres valientes que, aunque hoy están olvidadas, trataron de cambiar el mundo.

¿Consideras a tu escritura feminista?

Por supuesto, sin ninguna duda. Feminismo es, lisa y llanamente, el movimiento que lucha por la igualdad de derechos de la mujer y el hombre. Lo dice la Real Academia y lo dice el sentido común. Y ese feminismo efectivo e ideológico que hoy en día, por fin, ya se está empezando a comprender en todo el mundo como lo que es, un derecho humano más, no habría llegado hasta aquí sin otras grandes mujeres que hace mucho lucharon por lo mismo en medio de la incomprensión, el rechazo, la violencia y la más feroz e injusta discriminación.

¿Por qué rendir un homenaje a las mujeres valientes pero poco reconocidas de las primeras décadas del siglo XX?

Precisamente porque esas grandes mujeres a las que tanto debemos han sido sepultadas en el olvido. Y eso es una de las grandes injusticias (una de muchas) que la historia ha cometido con las mujeres. Del olvido he querido rescatar a extraordinarias feministas que, como nosotras hoy, creían en la igualdad de todos, hombres y mujeres, pero a las que no se les ha rendido aún suficiente homenaje ni agradecimiento. Figuras enormes del pensamiento europeo como Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, revolucionarias de ideas progresistas e irrepetibles (que después fueron purgadas por Stalin) como Alexandra Kollontai, Inessa Armand o Nadia Krupskaya… a todas ellas y a muchas más he convertido en personajes literarios de Mariela porque, a medida que investigaba sobre esa época histórica fascinante, sentía que este siglo y este nuevo milenio les debía algo. Espero haber conseguido saldar una pequeñísima parte de la deuda.

Ser enfermera es una profesión que exige mucho sacrificio y vocación. Si Mariela no hubiese sido enfermera, ¿qué trabajo tendría?

Francamente, desde el principio supe que, si quería escribir sobre la Gran Guerra y la gripe española, mi personaje femenino tenía que ser enfermera. En aquellos años en los que todo (lo bueno y lo malo) estaba empezando, había dos oficios netamente femeninos que estaban comenzando a profesionalizarse, es decir, estaban dejando de estar ejercidos por religiosas y por el servicio doméstico. Esos oficios eran el de maestra y el de enfermera. En España, hacía pocos años que funcionaba la primera escuela laica de enfermeras, la Santa Isabel de Hungría, que seguía los pasos iniciados años antes, durante la guerra de Crimea, por Florence Nightingale. Las enfermeras fueron personajes decisivos en los años turbulentos de la Primera Guerra Mundial. Solo la presencia de ellas entre los heridos tras la batalla, con esos uniformes que les asemejaban a ángeles blancos, significaba la diferencia entre una muerte atroz y otra digna. Por cierto, muchos de los hospitales en los que esto sucedía fueron sufragados por enfermeras que emplearon sus propias fortunas (fue el caso, por ejemplo, de la rica norteamericana Mary Borden, a quien también incluyo en la novela). Sí, creo, definitivamente, que Mariela, en el momento concreto de la historia en el que la sitúo, no podría haber sido otra cosa que enfermera…

¿Cuál ha sido la evolución de la importancia del rol de la mujer en la sociedad a lo largo de estos últimos siglos?

Lamentablemente, no la deseable ni la necesaria. Como decía, en aquellos años del siglo XX, mientras los hombres iban a la guerra y morían o volvían mutilados, las mujeres alcanzaron unos niveles de libertad y de independencia que después perdieron y tardaron mucho en recuperar. Podían hacer de todo, menos votar, para que la sociedad siguiera funcionando. Pocos saben, por ejemplo, que en la primigenia revolución bolchevique las mujeres alcanzaron un protagonismo inédito porque lo que predicaban no era tanto la dictadura del proletariado sino la emancipación total femenina. La revolución de Kollontai, que fue la primera mujer ministra del mundo, y de otras muchas como ella fue una revolución de libertad, de internacionalización y apertura a otros países, de fomento del trabajo y la educación femeninos; consiguieron el derecho al aborto en las condiciones sanitarias adecuadas, al divorcio, al matrimonio civil, al amor libre, a la alfabetización de la mujer… Pero después llegó Stalin en Rusia, Hitler en Europa, la Guerra Fría en el mundo, la discriminación, la violencia de género, la brecha salarial, el confinamiento a las labores domésticas… Se cambiaron las tornas respecto a aquellos años: a medida que avanzaba el siglo XX, la única carta de ciudadanía que tenía la mujer era el voto, pero en todo lo demás estaba discriminada. Y tuvimos que volver a luchar por ese derecho humano llamado feminismo. Hasta hoy.

Aunque Mariela es un personaje de ficción, se cruza en la novela con personajes históricos reales. Coméntanos.

Ya he mencionado a algunos de ellos, como Mary Borden, Alexandra Kollontai, Rosa Luxemburgo, etc. Hay muchos más, porque, insisto, aquella fue una época tan deslumbrante que, a medida que la estudiaba, me fui enamorando de sus protagonistas. Eran subyugantes, con personalidades tan ricas, con historias tan aleccionadoras, que, cuando ya los había reunido a todos, decidí convertirlos en personajes de ficción con sus nombres y sus vidas reales. Habría sentido que traicionaba su memoria si me hubiera inspirado en ellos para crear personajes falsos.  Además de mujeres, también hay hombres en la novela. Algunos me han resultado entrañables, como un médico español llamado Joan Peset Aleixandre, un humanista ejemplar que luchó contra la gripe española y años después fue asesinado por el régimen franquista. Y otros, inquietantes, como Yakov Sverdlov, quien fue mano derecha de Lenin y cuya vida estuvo llena de luces y sombras: por un lado, fue uno de los principales defensores de los derechos de la mujer dentro del bolchevismo y, por otro, muy posiblemente fue él quien ordenó la ejecución del zar y de toda su familia. Todos ellos, hombres y mujeres, se relacionan con Mariela… ¡pero ella sí que es un personaje de pura ficción! Aunque al final me pregunto: ¿de verdad no existió? ¿No hubo tal vez cientos… miles de Marielas, idealistas y entregadas a ayudar a los demás, como sigue habiéndolas hoy?

Dices que a las mujeres escritoras de siglos pasados se les ignoró porque “escribían en minúsculas”. Hoy por hoy, ¿cuál es la situación de las escritoras femeninas con relación a los escritores hombres?

He tomado prestada la expresión de una historiadora llamada Joan Scott, quien dijo que, durante la Primera Guerra Mundial, las mujeres escribían en minúsculas, es decir, sobre lo cotidiano y lo obsceno de un hecho tan aterrador como la guerra. Pero, como la censura solo permitía hablar de épica y de heroicidades, es decir, solo en letras mayúsculas, ninguna editorial publicaba los escritos de esas autoras. Hoy, cuando muchos de los títulos de las librerías están escritos por mujeres, cuando muchos de los grandes grupos editoriales y también los sellos pequeños e independientes están dirigidos por mujeres, cuando la mayoría de las editoras y de las agentes literarias (dos trabajos imprescindibles para publicar un libro de calidad) son mujeres, cuando la porción más multitudinaria de la gente que lee en todo el mundo son mujeres lectoras… todavía hoy, se sigue apellidando a la magnífica escritora Siri Hustvedt como “la esposa de Paul Auster” al igual que Simone de Beauvoir fue para muchos simplemente la pareja de Sartre, por citar dos ejemplos. Y también todavía hoy se sigue hablando de algo tan anacrónico, machista y desfasado como la “literatura femenina”. ¿Acaso lo que escriben los hombres se llama literatura masculina? ¿Existe también una literatura de rubios y otra de morenos? ¿Literatura de guapos y feos? Hay literatura, ya sea escrita por mujeres o por hombres. Y existe la literatura feminista, que es muy distinto, como existe una literatura que defiende los derechos humanos. Queda mucho, mucho camino por recorrer.

¿Cuál es la diferencia de Mariela con tu primera novela, El huracán y la mariposa, en cuanto al desarrollo de tus emociones y el lenguaje íntimo?

El huracán y la mariposa hablaba de un problema atroz que muchas familias viven en la intimidad y el silencio: el de las adopciones problemáticas. Era un tema espinoso y muy, muy delicado. Hablé con muchas familias y con muchos niños que sufrían, y yo misma sufrí escribiéndola. Tuve que emplear un lenguaje emocional muy medido, porque contaba una historia en la que no había malos ni buenos, de forma que decidí emplear a tres narradoras que explican tres visiones de un mismo drama. Lloré y sufrí, como digo, pero al final mereció la pena porque fue tan gratificante la reacción de los lectores, me escribieron tantas, tantas familias para decirme que se habían identificado con la historia y que les había ayudado a abordar sus problemas particulares… que solo eso me compensó por todas las noches en blanco. También las he tenido con Mariela, pero por motivos diferentes: en esta segunda novela, el trabajo de investigación histórica ha sido tan absorbente que he estado recluida y magnetizada por todos mis personajes hasta que he conseguido dar a luz el libro. Sin embargo, ahora que ya las dos novelas no son mías sino de los lectores, me doy cuenta de que ambas cuentan algo parecido: el viaje que cada ser humano realiza desde el interior de uno mismo hacia lo que nos relaciona con los demás. Como diría Mariela, lo importante es no huir sino avanzar. Y eso, creo y espero, hacen todos mis personajes.

Trabajaste durante muchos años en el importante diario El País de España. ¿Qué fue lo más beneficioso de esa experiencia?

A mí el periodismo me ha dado casi todo lo que profesionalmente he conseguido en mi vida hasta que empecé a escribir ficción. Me ha dado un medio de subsistencia pero, sobre todo, me ha dado conocimiento, experiencia y metodología. Mientras escribo una novela, investigo y contrasto cada mínimo detalle antes de plasmarlo en el papel, como hacía cuando escribía un reportaje. En el caso de Mariela, por ejemplo, a veces necesitaba leer cuatro o cinco documentos para escribir un simple párrafo o una sola frase. Y eso no solo me lo ha enseñado a hacer el periodismo, sino ejercerlo en un periódico como El País, que ha sido mi casa durante 26 años y cuyas exigencias de calidad me han proporcionado las herramientas necesarias para escribir. Gracias a todo ello, hoy me dedico a la ficción. Quizá no habría podido hacerlo 20 años atrás. Tengo amigas escritoras jovencísimas que cuentan con mi más rendida admiración y a las que envidio sanamente, porque yo no fui capaz de serlo a la edad que tienen ellas ahora. He necesitado vivir antes y escribir después. Esa ha sido una de mis limitaciones vitales, aunque espero que aún no sea demasiado tarde.

Has trabajado en el tema de la Libertad de Expresión ¿Cuáles son los países donde se coarta este derecho de forma más alarmante?

Por desgracia, creo que en todos los países, por muy avanzados y progresistas que se consideren, hay siempre una clase dirigente y/o poderosa que termina sucumbiendo a la tentación de limitar la libertad de expresión. Yo trabajé hace 30 años en el Instituto Internacional de Prensa, dedicado a la defensa de esa libertad, y veo que ahora ese dilema ha adquirido una dimensión nueva con el avance de la tecnología y del intercambio libre e indiscriminado de información. Hasta el punto de que en muchos casos se le ha dado una vuelta completa, como a un guante o un calcetín, y nos enfrentamos también a otro no menos preocupante: las llamadas fake news, lo que Vargas Llosa define tan bellamente como “noticias mentirosas”. Pero hay algo en común entre lo que ocurría hace 30 años y ahora: el problema radica en las personas, en quienes manejan las riendas del poder, ya sea político y económico. Para retenerlas siempre en sus manos recurren a la prohibición, a la manipulación o a ambas a la vez, desde Trump a Kim Jong-un, pasando por prácticamente todas las grandes multinacionales y todos los países, en mayor o menor medida. Para luchar contra ello solo hay una fórmula: más información y más veracidad, mejores y más valientes periodistas, periodismo de mayor calidad, una defensa a ultranza de los profesionales de integridad verificada. Y leer, aprender. Mucha lectura. Mucha literatura. Leer nos hace libres. Y nos ayuda a luchar contra la falta de libertad.

¿Qué temas te motivan más a la hora de escribir?

A todos los españoles nos gusta creer que somos un poco Quijotes, el idealista universal creado por Cervantes que luchaba contra molinos de viento creyéndolos gigantes para salvar el mundo. Tanto, que el llamado quijotismo ya es una expresión acuñada y utilizada con cierta alegría por muchos. No soy una excepción. En El huracán y la mariposa quise ayudar a familias adoptivas, y a ese colectivo, que sufre calladamente, me dirigí con la novela. En Mariela he pretendido reivindicar el papel histórico de muchas mujeres olvidadas y, sobre todo, el de una profesión maravillosa a la que admiro y respeto profundamente: la enfermería. Es decir, me gusta creer que cuando escribo una novela va a haber alguien, aunque sea un solo lector, que se va a sentir identificado y al que al menos una sola de mis frases le va a ensanchar el espíritu. Es precisamente ese lector o lectora quien me motiva.

¿Puedes adelantarnos algo sobre tu tercer libro?

Pues, dicho lo anterior… ¡estoy intentando encontrar mi próximo molino de viento! Me apasiona escribir, de modo que necesito volver a sentarme en silencio frente a una página en blanco muy pronto. Pero algo sí puedo adelantar: creo que tendrá, como en mis dos novelas anteriores, personajes femeninos intensos. A lo largo de la historia de la literatura (y en algunos casos, a través de personajes maravillosos como Karenina, Eyre o Bovary), las mujeres han desempeñado papeles secundarios en la ficción o principales pero siempre descritos en función de su relación con los hombres. Creo que ahora hay una generación de mujeres escritoras (en la que me encantaría incluirme) que nos hemos apartado de ese patrón: escribimos sobre mujeres que viven por sí mismas, que se relacionan con hombres u otras mujeres, pero que no se definen por esas relaciones sino que tienen entidad propia. Ese molino de viento será, como en las otras dos anteriores, el eje de mi próxima novela. ¡Y esto es lo único que yo misma sé de ella por ahora!


Yolanda GuerreroYolanda Guerrero: nacida en Toulouse (Francia) en 1962 y licenciada en Periodismo en Madrid, trabajó con el Instituto Internacional de Prensa (IPI, por sus siglas en inglés) en la sede de Londres y sus asambleas de Buenos Aires, Montevideo, Estambul y Berlín.

A su regreso a España, desarrolló durante más de 25 años su profesión en el diario El País, especialmente en su edición latinoamericana y en suplementos internacionales como The New York Times en español, hasta que, a partir de 2014, dedicó su actividad prácticamente en exclusiva a la literatura.

Además de colaborar habitualmente con reseñas y artículos en la revista literaria Zenda, ahora publica su segunda novela, Mariela, después de una primera incursión en la narrativa con El huracán y la mariposa (Catedral, 2017).

 

Patricia Chung

Crédito de la Fotografía: Benito Martín

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